Historia condensada

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El Palacio Nacional resume una larga historia de siglos. Aun antes de construirse, el lugar que ocupará ya estaba señalado por su importancia: ahí se encontraban las habitaciones del hombre más poderoso que había existido en Mesoamérica. El Palacio llega al término del dominio colonial como la sede por excelencia del poder. Con la independencia del país su presencia, lejos de disminuir, se ve reforzada; de ahí en adelante el Palacio se afirma como sede de la autoridad suprema de la nación.

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Con el tiempo, el Palacio Nacional se ha convertido en una muy sólida referencia para todos los mexicanos; este gran edificio situado en el corazón de la Ciudad de México se ha confirmado como el albergue simbólico de la máxima autoridad de la nación. El emplazamiento original de la edificación que Hernán Cortés mandó construir una vez que derrota a los pobladores originales, responde en primera instancia a la disposición de la ciudad tomada por los españoles: en su núcleo central se ubican los templos más importantes de los mexicas y en sus inmediaciones las suntuosas habitaciones de los dirigentes más destacados; es decir, ahí está localizada la médula del poderío azteca. Así, no es casualidad sino un meditado cálculo político que Cortés decida apropiarse de las suntuosas habitaciones del máximo mandatario azteca con el que se había encontrado: Moctezuma II.

 

Una vez que el edificio pasa de ser propiedad de Cortés a manos de la Corona se empieza a consolidar como la más importante referencia de la autoridad de esta última en tierras novohispanas. Ya para finales del periodo colonial ha logrado hincar raíces muy sólidas que corren paralelas a la afirmación de la Plaza Mayor, de la cual el Palacio es parte constitutiva. Esta plaza y su posición jerárquica en la ciudad —el complejo espacial más importante de la urbe— se proyecta desde que Cortés ordena diseñar la traza original de la ciudad. El proyecto integra la Plaza Mayor acotando tres de sus costados por las sedes de los poderes que los españoles imponen en la Nueva España: la Catedral, el Ayuntamiento y desde luego el Palacio Virreinal.

 

Al alcanzar México su independencia el Palacio refuerza su condición de sede del poder y la plaza se confirma y reactualiza como centro referencial de la ciudad y espacio que emblemáticamente representa a la nación en su conjunto. Los nuevos términos políticos que supone una República representativa, popular y federal implicaron la reformulación del diseño estatal, pues disponía que el supremo gobierno de la República se dividía para su ejercicio en tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Por una parte la inexistencia de estas instituciones en el pasado colonial y por lo mismo la ausencia de sedes para ellas, más las angustiosas penurias presupuestarias que engorrosas acompañaron a la nueva nación en su nacimiento, impidieron su remodelación arquitectónica; sin embargo, confirmaron al Palacio, no sólo como asiento de los nuevos poderes constituidos, sino como residencia de los presidentes en turno. Así, el Palacio se reafirma como el primer edificio de la nación a lo largo del siglo XIX.

 

El crecimiento de la administración pública hacia finales del siglo XIX acarreó el paulatino abandono de importantes dependencias del ejecutivo y de los otros poderes que tuvieron su primer cobijo en Palacio Nacional, construyéndose nuevas instalaciones apropiadas a sus crecientes necesidades; sin embargo, estas circunstancias no disminuyeron la posición sobresaliente que el edificio había alcanzado hasta entonces; lejos de ello reforzaron sus muy importantes manifestaciones simbólicas, entre las más significativas fue la instalación de la campana de la parroquia de Dolores en un nicho especial colocado al frente de Palacio.

 

En el siglo XX el edificio, ya con un piso más, cambia sustancialmente su fisonomía, subraya su tradicional presencia en la histórica plaza y acrecienta su imagen en el imaginario colectivo. Asimismo, a lo largo de este siglo el Palacio se va liberando cada vez más de las obligaciones administrativas a las que estuvo sujeto en el pasado; ahora, en cuanto edificio se reformula cada vez más como espacio de la representación simbólica de la nación. Los murales pintados en sus paredes por Diego Rivera robustecen al inmueble como emblema y salvaguarda del devenir histórico de México.