La arquitectura del Congreso

Imprimir
La conquista de la autonomía política alcanzada por el país a principios del siglo XIX supuso necesariamente, además de nuestra independencia nacional, la creación de instituciones que no habían existido a todo lo largo del periodo colonial. Surge así, entre otras, una nueva institución: el Congreso, donde se establecerá el poder legislativo de la joven república representativa, popular y federal. La escasez de recursos que provocó la guerra por la independencia no fue obstáculo para que se construyera un flamante edificio legislativo en donde los nuevos propósitos políticos se manifestaban en el mismo diseño arquitectónico.

01aa

Por obvias razones, en la Ciudad de México no existía un lugar para el Congreso; por ello, su primera sede estuvo localizada en un convento. Así, la vida parlamentaria nació en el colegio jesuita de San Pedro y San Pablo, en donde se promulgó la Constitución de 1824 y Guadalupe Victoria protestó como primer Presidente Constitucional de México (10 de octubre de 1824).

 

Posteriormente, el 1 de enero de 1829, el Congreso se trasladó a Palacio Nacional. Éste es, por lo tanto, el primer sitio edificado ex profeso que existió en la República donde se localizó uno de los tres poderes de la Unión. Este local estuvo en activo hasta que ocurrió el devastador incendio de 1872; con ello se cerró un ciclo de la vida legislativa de la nación que cubrió entre sus actividades más sobresalientes la promulgación de la Constitución de 1857

 

Marcos Arróniz, en su Manual del viajero en México, lo describe de la siguiente manera: “[…] tiene la figura de un semicírculo, en cuyo centro se levanta, sobre una bonita gradería, el solio con los dos sillones que ocupan el presidente del consejo y el de la República en las funciones oficiales; bajo del dosel está colocada el Acta de independencia original. Al pie del solio se encuentra la mesa del presidente, que es de muy exquisito trabajo, y a sus lados las tribunas, que sólo sirven a los secretarios y a los ministros cuando leen las memorias, pues los diputados hablan siempre desde sus asientos. Éstos están colocados en la curva que forma el semicírculo, en dos gradas […]. En la parte alta del semicírculo hay dos galerías con asientos para el público, habiéndose destinado exclusivamente una parte al cuerpo diplomático y otra a las señoras […].”

 

En este párrafo encontramos no sólo la descripción del lugar, sino una disposición de sus elementos constitutivos que nos hablan de nuevos criterios y conceptos que arraigaban gradualmente en nuestro país, los de la democracia, y que cristalizaban en el mismo diseño arquitectónico. El salón estaba presidido por un solio (sinónimo de trono) que en la sesiones regulares permanecía desocupado para ser utilizado sólo en las situaciones excepcionales en las que el Jefe del Ejecutivo asistía a alguna sesión solemne. Cuando esto ocurría, el Presidente de la República era acompañado por el respectivo presidente del Congreso para ocupar la otra silla disponible; es decir, ninguno de los dos poderes de la Unión sobresalía.

 

Las reuniones habituales eran presididas desde una mesa, más bien modesta y discreta (y más si se le compara con el solio, que tenía escaleras y dosel), flanqueada por dos “tribunas” que sólo eran ocupadas por los secretarios que conducían las sesiones, pues los diputados intervenían desde sus propios asientos. A su vez, éstos estaban colocados, sin excepción debido a la arquitectura semicircular del recinto, a la misma distancia de la presidencia de la reuniones localizada en la mesa. La construcción de un foro semicircular en el que los sitios destinados a los representantes de la nación entera (los diputados que representaban a cada uno de los estados de la federación) guardaban entre sí la misma distancia frente a la mesa directiva, expresaba el concepto de la igualdad democrática de sus miembros y manifestaba elocuentemente la ausencia de alguna clase de jerarquía diferenciadora. Concepto novedoso en la época que, de esta manera, tomaba distancia respecto a las fuertes e infranqueables diferencias que determinaron el orden social colonial.

 

Otro elemento arquitectónico mencionado por Marcos Arróniz que no puede dejarse de lado, por más que en la actualidad no nos parezca relevante, y que asimismo expresaba el inaugural sentir democrático de la vida política en la ciudad y en la nación es el de que “En la parte alta del semicírculo hay dos galerías con asientos para el público”. Un espacio para un público ahora potencialmente activo y enterado que a su manera participaba en la vida política, conducta que históricamente implicaba una profunda ruptura con el pasado colonial inmediato donde el público se concebía sin opiniones políticas y por lo mismo sumiso y aquiescente.

 

Situado dentro de Palacio Nacional, el recinto Parlamentario es otro de los lugares notables que se encuentran en el edificio público más importante de la ciudad. Menos conocido que, por ejemplo, los murales de Diego Rivera o el Recinto a Juárez, este local encierra igualmente una gran carga histórica y resulta singular en más de un sentido. Ubicado en el segundo piso del Palacio Nacional, en el corredor que mira al poniente se halla lo que antes que nada es la restauración del edificio original del Congreso de la Unión que desapareció en 1872 debido a un incendio arrasador que dejó sólo cenizas.

 

A propósito del centenario de la muerte de Benito Juárez en el año de 1972 y siendo Presidente de la República Luis Echeverría, se mandó restaurar el recinto original. Sin más testimonios que una antigua litografía realizada por el pintor italiano Pedro Gualdi en 1842, los investigadores y trabajadores del entonces Departamento de Monumentos Coloniales del Instituto Nacional de Antropología e Historia se dieron a la laboriosa y difícil tarea de volver a levantar aquel recinto con los muy escasos indicios arquitectónicos que apenas quedaron del incendio ocurrido cien años antes.