La revolución industrial

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Entre 1750 y 1850 ocurren en la Gran Bretaña cambios profundos que supondrán la transformación radical de la sociedad en su conjunto; los métodos tradicionales —de base agraria y artesanal— que hasta entonces se habían utilizado para producir mercancías son dramáticamente trastocados al ser desplazados sin contemplación por procedimientos productivos que incorporan irreversiblemente a las máquinas y la mecanización. La destreza manual del trabajador es sustituida por el accionar autónomo de las máquinas, y la construcción de grandes factorías atrae con gran fuerza a la mano de obra campesina que abandona el campo para trabajar en las ciudades.

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Entre los años treinta y setenta del siglo XVIII ocurre en Inglaterra una excepcional sucesión de inventos que modifican drásticamente a la industria textil del algodón para posteriormente impactar al conjunto de las demás ramas industriales. John Kay en 1733 inventa la lanzadera que permite incrementar sustancialmente la velocidad en la producción de los tejidos, además de aumentar su anchura. La velocidad es perfeccionada por el telar que Edmund Cartwright crea en 1785 y la tarea de producir hilados, indispensables para la industria textil, se perfecciona con los inventos sucesivos de James Hargreaves en 1764, Richard Arkwright en 1769, y Samuel Crompton en 1779.

 

Estas innovaciones desplazan abruptamente a los antiguos artesanos —lo mismo a los que utilizaban la rueca para el hilado que el telar manual para el tejido—, las mejoras introducidas permiten producir más y más rápido; además, propician la creación de bienes cuya obtención habría sido imposible mediante aquellos métodos tradicionales. En este sentido el historiador británico David S. Landes afirma que “La mejor hiladora manual no hubiera podido lograr un hilo tan fino y regular como el que se obtiene con husos mecánicos”.

 

El conjunto de estos avances se ve grandemente potenciado con el perfeccionamiento y aplicación de la máquina de vapor de James Watt (1769) a los procesos productivos. El resultado de estas prácticas es un gran salto en la productividad. En la industria textil se crea el “telar mecánico” movido por pioneras máquinas de vapor que permiten un aumento en la cantidad de mercancías sustancialmente mayor al que habían alcanzado los talleres convencionales de la época.

 

La máquina de vapor transforma la energía térmica del vapor del agua en energía mecánica: desde una caldera con agua hirviendo se produce esta potencia condensada que se transmite a un pistón encerrado en un cilindro; este instrumento al tiempo que es impulsado transforma su movimiento de vaivén en otro de rotación por medio de una biela. Una característica distintiva de las mejoras tecnológicas es que un cambio llevaba a otro. De esta manera, el progreso en la industria textil y en otras ramas aumentó la demanda de carbón y de motores de vapor; a su vez, estas máquinas demandaron crecientemente mayores cantidades hierro, que a su vez exigía más carbón y más energía.

 

Llamativamente el núcleo de estos notables descubrimientos y avances de la industria textil del algodón estuvo restringido a un solo país: Inglaterra, y a una región particular dentro de esta nación: el noroeste, alrededor del condado de Lancashire  y en ciudades como Leeds, Manchester, Chester y el puerto y centro comercial de Liverpool, que por aquellos años —principios del siglo XIX— encabezaba el comercio mundial. Para su fortuna toda esta área estaba ampliamente comunicada por ríos y numerosos canales que facilitaban el intenso tráfico de personas y mercancías.

 

Si bien la Revolución Industrial se inicia en Inglaterra en la última mitad del siglo XVIII, ya para las primeras décadas del siglo XIX se extiende por algunos países de la Europa continental como Francia, Alemania, España y Bélgica.  Los mismos avances productivos alcanzan a estimular una muy compleja variedad de mutaciones económicas, sociales, políticas y culturales. La transición de un reducido taller con unos cuantos operarios a las fábricas con grandes y espaciosos locales que agrupan maquinaria y mano de obra abundante conduce al paso, igualmente trascendente, de la concentración de la población en ciudades con miles y miles de habitantes.