El territorio nacional

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El espacio de la nueva nación era un territorio muy vasto que comprendía una gran variedad de climas y por lo mismo una considerable diversidad de cultivos; esta ventaja era neutralizada por la débil articulación económica y política que había entre las regiones de su amplio territorio. Estas circunstancias se volvían críticas en los grandes territorios del lejano norte donde la ausencia de asentamientos poblacionales sólidos y una administración efectiva y eficiente agudizaba su aislamiento.

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Al culminar la independencia del país, la nueva nación se enfrenta a numerosos y muy difíciles problemas. Su territorio era notablemente extenso, comprendía las posesiones que el virreinato de la Nueva España había alcanzado hasta aquel momento. Sus límites como en la actualidad estaban igualmente delimitados al este por el Golfo de México y al occidente por el Océano Pacífico, lo mismo sucedía con sus fronteras sur y norte, nada más que en estos casos la extensión del territorio era muy diferente, especialmente al norte. Hacia el norte las fronteras de la joven nación sobrepasaban por mucho las de la superficie actual, ya que formaban parte de la antigua delimitación virreinal las tierras de California, Nuevo México y Texas.

 

Formalmente quedaba establecido, según la Constitución Federal de 1824 en su segundo artículo, que el territorio de la nación comprendía lo que había sido el “virreinato de la Nueva España, al que se decía capitanía general de Yucatán, el de las comandancias llamadas antes de provincias internas de Oriente y Occidente, y el de la Baja y Alta California con los terrenos anexos e islas adyacentes en ambos mares” y a continuación aclaraba que “Por una ley constitucional se hará una demarcación de los límites de la federación, luego que las circunstancias lo permitan”.

 

Asimismo, una vez que en el cuarto artículo del texto constitucional se afirmaba que la nación mexicana “adopta para su gobierno la forma de República representativa, popular y federal” menciona que las partes de esta federación son los estados y territorios siguientes: Chiapas, Chihuahua, Coahuila, Texas, Durango, Guanajuato, México, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Guerrero, San Luis Potosí, Sonora, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz, Jalisco, Yucatán y Zacatecas, además de los territorios de la alta y baja California, el de Colima y el de Santa Fe de Nuevo México. Sólo quedaba pendiente para la posterior definición de su carácter el caso de Tlaxcala.

 

Se trataba de un territorio muy extenso cuyos mismos límites eran imprecisos en unos casos, y en otros la ausencia de una administración consolidada sobre ellos los colocaba fuera de los alcances de una autoridad efectiva. Así, las líneas divisorias con Guatemala no se habían fijado y estaban por acordarse; en el norte, la nación recientemente conformada heredaba un situación de constante inestabilidad fronteriza que los españoles no habían podido resolver; desde siempre los diversos grupos indígenas como los seris, pimas, ópata, yanquis, mayos, apaches y yumas, habitantes de aquellos inmensos parajes resistían la presencia extranjera hostilizando las actividades comerciales y agrícolas que los colonos no indios impulsaban en aquellas regiones.

 

Para el viajero inglés Henry George Ward que recorre el país en los años veinte del siglo XIX la flamante nación disfruta de un territorio en el que la “naturaleza le ha concedido un suelo muy fértil y un clima bajo el cual casi todas las producciones del Viejo y del Nuevo Mundo encuentran el grado exacto de calor para producirse a la perfección.” Sin embargo, para este mismo comentarista un fuerte obstáculo anula en parte esta ventaja, que no es necesariamente su muy amplia extensión sino su peculiar configuración geográfica que vuelve “…extremadamente difícil la comunicación entre la Mesa Central y la costa.” Afirmaba que por más que las distancias fueran grandes esta limitante se podría superar construyendo “[…] líneas de caminos que atraviesen el país de norte a sur”, en cambio sostenía que  “[…] hacia el oriente y hacia el occidente, los obstáculos a vencer son muy serios” porque, subrayaba, “En el lado oriental, en especial, el descenso desde la Mesa Central es tan precipitado que me parece muy dudoso el que se pueda construir un camino lo suficientemente bueno para abrir una comunicación entre la costa y los hacendados de la Mesa Central”.