El Distrito Federal

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Las nuevas circunstancias políticas que supuso la independencia del país implicaron una profunda y radical redefinición institucional. Entre otras medidas tomadas —una vez que en la nación se estableció como forma de gobierno la república representativa, popular y federal—fue la creación de una sede para los poderes de la Unión. El 18 de noviembre de 1824 se estableció que la Ciudad de México sería la capital del país. Con este fin se constituyó un Distrito Federal al cual se le asignó el área de un círculo cuyo radio tenía dos leguas (8,800 metros) a partir de la Plaza principal de la ciudad.

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La ciudad capital en las primeras décadas del siglo XIX llamaba la atención por sus múltiples manzanas dispuestas regularmente a la manera de un tablero de ajedrez; la ciudad se ordenaba de acuerdo a un plan que se remontaba a los tiempos en que el conquistador Hernán Cortés mandó trazar el nuevo asentamiento sobre las ruinas de la prestigiosa y poderosa México-Tenochtitlan. Sus calles con ángulos rectos le otorgaban al conjunto una regularidad particular que a los visitantes extranjeros les llamaba poderosamente la atención. Cada calle, según la manzana, tenía su nombre propio y por su disposición se alineaban, "limpias, anchas y bordeadas de aceras", de tal manera que en sus extremos podía admirarse muy bien el cinturón de montañas que la rodeaba.

 

A la distancia se podía constatar que se trataba de una ciudad baja con casas que no pasaban de los dos pisos, todas ellas rematadas por sus singulares azoteas desde las cuales quien quisiera podía otear el amplio panorama que se abría a su mirada, pues más allá de la ciudad se mostraba en toda su extensión la grandiosa cuenca que, iluminada por un “cielo azul claro casi siempre puro”, revelaba sus poblados vecinos, sus terrenos de cultivo y los espejos de agua de los lagos que se localizaban en ella: Chalco, Xochimilco, Texcoco y Xaltocan

 

Bastaba tan sólo con echar un vistazo para encontrarse con su manifestación más llamativa: los edificios más altos de la ciudad eran sus numerosas iglesias, cerca de 90 templos de diferente importancia que se repartían por todos los rumbos de  la ciudad. Eran las referencias omnipresentes, las señales urbanas que daban nombre a calles, plazas, plazuelas y barrios. El tiempo urbano estaba ritmado por los sonoros llamados de sus antiguas campanas y no había festividad, incluso civiles, que no se anunciara por medio del repique sonoro de los campanarios.

 

La ciudad capital era —de acuerdo con nuestros criterios actuales— una ciudad pequeña; sin embargo, no hay que dejar de tomar en cuenta que para la época era una de las más grandes del continente americano; los contemporáneos la calificaban como “grande y hermosa urbe”. La totalidad del núcleo urbano, con unos 170 mil habitantes aproximadamente, gravitaba en torno a su gran plaza, la Plaza Mayor como se le llamó en la época colonial, o Plaza de la Constitución, como se le empezó a identificar en el siglo XIX.

 

La Plaza, amplia y monumental, siempre bulliciosa, estaba acotada por la catedral, el Palacio Nacional, el Ayuntamiento y los portales. El edificio del Ayuntamiento, al igual que Palacio Nacional, también tenía sólo dos pisos; además de las oficinas municipales se encontraba la lonja (en donde se reunían los comerciantes); a un costado, separado por la angosta calle de Ocampo, se encontraba —según un viajero francés, Dupein de Saint André— “una hilera de casas elegantes con tiendas en la planta baja”. Se trataba del Portal de las Flores, que junto con el Portal de Mercaderes y la calle del Empedradillo, alojaban a los comercios más prestigiosos de la ciudad. En el primero predominaban “cajones” de ropa (tiendas) y almacenes de lencería, y en el segundo sombrererías.

 

Además, se encontraba dentro de la plaza un gran edificio dedicado al comercio, al que se conocía como El Parián. Su planta, construida en el año de 1703, se conservó en las primeras décadas después de la independencia. Y al igual que en el pasado, para principios del siglo XIX seguía siendo el sitio del comercio más activo de la capital. Los mejores y más finos artículos se encontraban en sus tiendas, las cuales surtían no sólo a los habitantes de la ciudad sino también a los de la provincia de telas, sedas, lencería, abarrotes y otros muchos productos. El Parián fue derruido en el año 1843 y con ello la plaza quedó despejada ganando en monumentalidad.