Palacio Nacional durante el México Independiente

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Durante la primera mitad del siglo XIX, Palacio Nacional estaba a quejado de múltiples males originados por problemas del subsuelo, sismos, constantes e ineficaces remodelaciones y conflictos bélicos, que en ocasiones terminaban en irrupciones violentas contra el edificio. Ante lo reducido del erario, poco podía hacerse para evitar su paulatino deterioro. Pero al iniciar la segunda mitad del siglo, el presidente Mariano Arista patrocinó una readecuación arquitectónica radical del área norte de Palacio Nacional.

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Más allá del relumbrón que Iturbide había pretendido con los arreglos de la fachada del Palacio Nacional y de la urgente edificación de la Cámara de Diputados (1826-1829), poco se había hecho para adecuar los salones del viejo Palacio Virreinal a las necesidades de las instituciones del México independiente, y menos aún para reparar el estado ruinoso en que se encontraba gran parte del edificio. Pese a todo, al iniciar la tercera década del siglo el Palacio Nacional alojaba a los tres poderes de la Unión y a los ministerios del gobierno de la República.

 

Durante este decenio, el Palacio de los Supremos Poderes presentaba diversos problemas estructurales a causa de hundimientos ocasionados por el subsuelo fangoso, sismos que exhibían viejas fallas en la construcción y la falta de obras efectivas de mantenimiento; todo ello empeorado por la escasez de fondos para el  mejoramiento del inmueble. De modo que algunas de las obras más importantes efectuadas durante estos años estuvieron destinadas a evitar la ruina del edificio.

 

Conforme a los nuevos tiempos, hubo también que modificar el arreglo de las habitaciones y adaptar algunos espacios para albergar a las instituciones de la República. En consecuencia, el ministro Lucas Alamán ordenó retirar los 74 retratos de los virreyes y los de Fernando VII y su esposa, así como el busto de bronce de Felipe V y la colección de monedas y medallas de la antigua Casa de Moneda ―entre otros tantos bienes que permanecían aún en Palacio― y pidió que se entregasen al Museo Nacional. El mismo Alamán inició las primeras gestiones para ocupar algunas habitaciones de Palacio para resguardar el Archivo General de la Nación.

 

Al comenzar la siguiente década, los muros de Palacio Nacional resintieron las balas del levantamiento federalista de Valentín Gómez Farías. De manera que no se terminaban aún de reparar los viejos daños del edificio cuando ya se tenían que resarcir otros. No obstante, a dos años de la revuelta, el presidente Antonio López de Santa Anna inauguró el Salón de Embajadores, lujosamente ornamentado para enaltecer su alta investidura. Asimismo, el general mandó poner en el despacho presidencial tres cuadros alusivos a la vida de Napoleón Bonaparte y diez más de escenas militares del mismo personaje en el salón de recibimiento. Evidentemente, Santa Anna sentía gran admiración por Napoleón y anhelaba imitar sus hazañas.

 

A pesar del pretendido boato del presidente Santa Anna, las condiciones de Palacio siguieron empeorando. Para colmo un sismo dejó maltrechas las cámaras de Diputados y Senadores, por lo que ambas representaciones se vieron precisadas a sesionar en el antiguo edificio de la Inquisición. Con José Joaquín de Herrera en la presidencia, vino el proyecto de sustituir los cuadros de Napoleón por pinturas que mostraran escenas de la guerra de independencia y retratos de sus más célebres caudillos para emular en el presente las glorias y virtudes del pasado. La proximidad de la guerra contra Estados Unidos impidió que el proyecto se concretara. No sólo eso, al poco tiempo la bandera de las barras y las estrellas ondeaba en el asta de Palacio Nacional.

 

Fue al iniciar la segunda mitad del siglo cuando el monumental edificio vivió la más profunda e importante restauración arquitectónica nunca antes vista en la centuria. En la presidencia de Mariano Arista (1851-1852) se realizaron obras notables en el área norte: se reedificaron y embellecieron los patios, que en adelante se conocerían como Marianos; se adaptaron espacios para alojar a los juzgados del ramo civil; se hicieron oficinas de Correos y cuadras para soldados y oficiales, y se construyó una gran puerta, denominada también Mariana, semejante a las existentes en la parte central y sur de la fachada principal.