El expansionismo norteamericano. La Doctrina Monroe

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Al iniciar el siglo XIX Estados Unidos sintió amenazados sus intereses luego de la integración de la Santa Alianza, encabezada por Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria. A contrapelo, en 1823 el presidente Monroe estableció los principios de la política exterior norteamericana. Dicha posición fue conocida como Doctrina Monroe, frecuentemente resumida en la frase: “América para los americanos”. Las intervenciones realizadas por Estados Unidos en México en la primera mitad del siglo XIX son casos paradigmáticos de la aplicación de esta doctrina y de la política expansionista norteamericana.

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Al iniciar el siglo XIX, la Santa Alianza —integrada por Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria— había derrotado a Napoleón I y deseaba restaurar la Europa prerrevolucionaria. Uno de sus principales objetivos era derrocar al gobierno liberal que acababa de triunfar en España. Dicho objetivo era apoyado por todos, excepto por Inglaterra, quien sabía que la posibilidad de una restauración monárquica en España podría llevar a ésta a tratar de recuperar sus colonias en América, situación que afectaría negativamente el redituable comercio que Inglaterra mantenía con varios países recién independizados. Por ello, Inglaterra propuso a Estados Unidos elaborar una declaración conjunta en contra de la intervención de Europa en América.

 

Estados Unidos rechazó colaborar con Inglaterra porque el primero pretendía tener injerencia sobre las nuevas naciones. Y en 1823 el presidente James Monroe en su informe anual anunció ciertas medidas que advertían la orientación de la política exterior que en adelante llevaría a cabo.  A esto se le denominó Doctrina Monroe y su corolario se puede resumir en la frase  “América para los americanos”, pues entre otras cosas se señalaba puntualmente que ningún país americano podría considerarse ya como campo de colonización por parte europea, y que toda intención de extender el sistema monárquico en América se consideraría una amenaza para la paz.

 

La sentencia “América para los americanos” fue objeto de múltiples interpretaciones por parte de Estados Unidos, de acuerdo con los escenarios que se sucedían en el continente. Con la engañosa intención de salvaguardar a las recién creadas naciones, Estados Unidos en realidad se reservaba el derecho de intervenir en cualquier país americano conforme a sus conveniencias económicas y políticas, y en contra de las potencias europeas. Pronto dejaría ver esas intenciones.

 

En marzo de 1836 Texas declaró su independencia del Estado mexicano, tras la constante disputa entre los colonos anglosajones asentados en territorio tejano y el gobierno nacional ante la prohibición decretada por este último de introducir esclavos a territorio mexicano y poner coto a la inmigración angloamericana. Pese a que Estados Unidos se declaró neutral en este conflicto, siempre mantuvo una postura intervencionista. Desde que los norteamericanos compraran la Louisiana a Francia en 1803, Texas apareció en su horizonte como una adquisición necesaria. La inminencia de la guerra fue la ocasión perfecta. Autoridades y ciudadanos estadunidenses reunieron dinero, armas y bastimentos en apoyo de los rebeldes tejanos; mientras tanto, el presidente Andrew Jackson fingía desconocer estos hechos y aguardaba el desenlace. Estados Unidos fue la primera nación en reconocer en 1837 la independencia de Texas.

 

Sin embargo, el objetivo principal de los líderes tejanos no era la independencia sino la anexión a Estados Unidos. En 1845, después de intensos cabildeos en Washington por parte de los sucesivos gobiernos tejanos, se aprobó la anexión a la Unión Americana, motivo por el cual México rompió relaciones con Estados Unidos. Paradójicamente, este conflicto sirvió de mucho a esta última nación para su proyecto expansionista: enseguida, Nuevo México y California entraron en sus planes. Para ello, el presidente James Knox Polk buscó provocar un enfrentamiento bélico entre Texas y México y justificar así una intervención militar en este último país. Pero como esto no sucedió se propuso enviar a México a un comisionado para negociar la compra de los territorios. El gobierno mexicano se rehusó a recibirlo, lo que alentó a Polk a mover su ejército hacia el río Grande. So pretexto de que soldados mexicanos habían derramado sangre en este territorio que falsamente presumían como propio, Estados Unidos declaró la guerra a México el 10 de mayo de 1846.

 

El resultado de la guerra era previsible por la condiciones de vulnerabilidad del Estado mexicano y por la superioridad económica y militar de Estados Unidos, todo ello aunado al distanciamiento de las potencias europeas respecto al conflicto. Al cabo de dos años de guerra se firmaron los tratado de paz en los que se establecía que México cedía la Alta California y Nuevo México al vecino del norte, a cambio de una indemnización de 15 millones de dólares por los daños ocasionados al territorio mexicano durante la invasión.