López de Santa Anna y el Palacio Nacional

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A lo largo de 22 años, entre 1833 y 1855, Palacio Nacional estuvo en el centro de la turbulenta vida política de México. Motines, pronunciamientos, intervenciones extranjeras y revoluciones causaron destrucción y desolación en el histórico edificio. Asimismo, fue escenario de las veleidades políticas del general Antonio López de Santa, tantas veces aclamado para ocupar en este periodo la presidencia del país, y de un Congreso que se debatía para establecer las bases legales de la incipiente nación.

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La determinación de sacar la cárcel de Palacio Nacional (1831) —que durante tres siglos había permanecido inalterable a todo cambio—, hizo suponer que sobrevendrían acciones que dignificarían el aspecto y funcionalidad de la casa de gobierno. Pero la agudización de la quiebra del erario público a consecuencia de la guerra civil de 1832 postergó las apremiantes reformas en Palacio, no así el arribo triunfal a la presidencia del general Antonio López de Santa Anna.

 

A partir de entonces, y durante 22 años, Santa Anna fue el hombre de Palacio, no porque le gustara vivir en él, sino por sus recurrentes arribos a la presidencia. Negado al pausado ritmo de la administración, el general delegaba en el vicepresidente en turno estas funciones y partía a su hacienda en Veracruz; no obstante, en diversos momentos quiso darse una vida palaciega. En 1834 mandó reparar y embellecer las habitaciones presidenciales para darle majestad a su investidura.

 

Palacio Nacional era testigo presencial de la turbulenta vida política del país. En 1836 el presidente interino, Miguel Barragán, falleció en sus habitaciones de Palacio, tres meses después de haber jurado en la Cámara de Diputados las Bases Constitucionales que trazaban el camino hacia un régimen centralista. Santa Anna no tuvo tiempo de volver a la capital: la declaración de independencia de Texas lo puso al frente de las tropas para detener a los rebeldes. El Congreso no esperó el retorno del presidente para sancionar en la sede parlamentaria de Palacio Nacional, el 30 de diciembre de 1836, las Siete Leyes Constitucionales, un nuevo código que además de anular el régimen federal abrió de nueva cuenta las puertas de Palacio a Anastasio Bustamante. Pero en menos de dos años se abrían otra vez a Santa Anna, ahora como presidente interino, mientras el electo enfrentaba un pronunciamiento en Tampico. Reacio a vivir en Palacio, el general cambió la residencia presidencial al norte de la Ciudad de México, a la casa de la condesa Pérez y Gálvez. Los centralistas, que pretendían sustituir a Bustamante, prefirieron apurar su regreso para deshacerse de las arbitrariedades del presidente interino.

 

En 1840 Palacio Nacional fue asaltado por un grupo de militares que pugnaban por el restablecimiento del federalismo El presidente Bustamante fue arrestado en sus habitaciones por los sediciosos, quienes se pertrecharon al interior del edificio durante 12 días para responder al ataque de las tropas fieles al gobierno. Al final los federalistas entregaron las armas. A lo largo de esos días el Palacio sufrió saqueos y abusos: los muros y balcones daban muestra del intenso tiroteo y el torreón sur casi había sido destruido.

 

Tristemente ésta no fue la última vez que Palacio Nacional fue víctima de revueltas políticas. En 1847, en medio de la guerra de intervención norteamericana, durante un motín popular organizado por grupos de diputados moderados y de la Guardia Nacional ―conocido como el levantamiento de los “polkos”― arremetieron a pedradas Palacio para exigir la renuncia del vicepresidente Valentín Gómez Farías, quien ante la ausencia del sempiterno presidente Santa Anna había promovido una ley que afectaba las propiedades de la Iglesia.

 

En ese contexto, Palacio Nacional volvió a ser escenario de dramáticos acontecimientos. En julio de 1846, el Congreso ―reunido en el recinto parlamentario― declaró que el gobierno mexicano movilizaría a su ejército para repeler la invasión de norteamericana. Pero nada evitó que el 14 de septiembre de 1847 el ejército invasor izara en señal de triunfo la bandera de la barra y las estrellas en el asta de Palacio. Durante varios meses, en tanto se firmaba el tratado de paz, el edificio fue víctima de saqueos y vandalismo.

 

La suerte de Palacio Nacional parecía estar ligada a la de Antonio López de Santa Anna. En 1853 el general, en su calidad de Alteza Serenísima, ocupó por última vez la presidencia de México. Como en las demás ocasiones, lo que tardó en entrar a Palacio lo demoró en salir, esta vez decidió cambiar su residencia al Arzobispado de Tacubaya al que hizo también llamar Palacio.