López de Santa Anna y la Ciudad de México

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Al iniciar la tercera década del siglo XIX, la Plaza de la Constitución era, como de costumbre, el punto de encuentro de la heterogénea población de la Ciudad de México. La vida cotidiana transcurría con normalidad, sin alardes de que México era ya una nación independiente. Pero no tardó mucho en hacerlo evidente: en la década que siguió la Plaza fue escenario de motines, tumultos, revoluciones y de una intervención extranjera. Lentamente, la vida de la ciudad daba muestras de modernidad: el viejo mercado de El Parián fue demolido y se construyó el Gran Teatro de Santa Anna, donde las clases pudientes encontraron un inmejorable escaparte para lucir sus nuevos hábitos.

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Al iniciar la tercera década del siglo XIX, el anhelado progreso del país no aparecía por ningún lado. La sociedad mexicana conservaba su tradicional jerarquización, heredada de su pasado novohispano, entre ricos y pobres, gobernantes y gobernados. La Plaza de la Constitución era, a la sazón, el crisol de esa sociedad y no ofrecía un aspecto muy diferente al del pasado siglo. Las litografías de Carl Nebel, Pedro Gualdi y Casimiro Castro, entre otros, muestran la heterogénea muchedumbre que se congregaba en la también llamada Plaza Mayor. Lo mismo deambulaban por ahí las elegantes criollas con sus vestidos de tafeta negra, que los indios con sus gabanes de palma, soldados, sacerdotes, monjas, aguadores, chinacos y otros más.

 

Ese sosegado y armonioso ambiente que se respiraba en la Plaza en un día de tantos, fue interrumpido por los dramáticos sucesos que se vivieron en la siguiente década. En 1840, durante la revuelta federalista conocida como la “docena trágica”, la gente de a pie huyó del tiroteo cruzado que salía desde las torres de Catedral y azoteas del Palacio Nacional, la Diputación y de distintos edificios que rodeaban la Plaza.

 

El motín del 6 de diciembre de 1844, que exigía la renuncia a la presidencia del general Antonio López de Santa Anna, incitó al pueblo a derribar la estatua del dictador erigida en la Plaza del Volador y desenterrar de Santa Paula la pierna que había perdido durante la Guerra de los Pasteles de 1838.

 

Otro gran tumulto volvió a hacerse en la Plaza en 1847 a propósito de la revuelta de los “polkos”. Una turba que apoyaba a los levantados embistió enardecida contra el Palacio Nacional y continuó durante varios días la gresca por calles de la ciudad. Meses después, esta misma gente, y mucha más, contempló atónita la entrada a la Plaza del ejército de Estados Unidos y a un comando que se dirigía a Palacio Nacional para enseguida ver ondear en el asta la bandera del país invasor.

 

Hubo momentos quizás menos infelices que se vivieron en la Plaza Mayor, pero que también causaron gran expectación y polémica en la opinión pública. Tal fue la demolición en 1843 del viejo mercado de El Parián, un enorme almacén donde se vendían productos provenientes de Oriente y que durante más de un siglo había sido parte de la animada vida de la Plaza. Para algunos esta decisión redundaba en el embellecimiento de la Plaza, pero otros expresaban su indignación por el breve plazo que había ordenado la autoridad para desocupar las tiendas y la magra indemnización que habían recibido los locatarios; el Ayuntamiento, por su parte, acusaba al supremo gobierno de haberse entrometido en un asunto que sólo le competía a él. En fin, para algunos la demolición fue motivo de alegría, mientras que para otros fue de tristeza y enojo.

 

En forma casi imperceptible iba surgiendo, a contracorriente, una incipiente burguesía nacional que se mostraba deseosa de confort y presunción, por lo que llenarse de bienes materiales para mostrarlos entre  la culta “aristocracia” mexicana era parte de su intención. Los teatros que empezaban a construirse por toda la capital serían su mejor escaparate. En tal sentido, del mismo modo que en la Ciudad de México se había levantado la catedral más majestuosa del  continente, debía también construirse el teatro más suntuoso. Obedeciendo a sus megalómanos impulsos, Antonio López de Santa no dudó en apoyar la iniciativa del empresario Francisco Arbeu para construir ese teatro, y menos aún si éste llevaba su nombre. Después de dos años de iniciada la magna obra, el Gran Teatro de Santa Anna abrió sus puertas el 10 de febrero de 1844.