Juárez y el tratado McLane – Ocampo

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Las relaciones diplomáticas que se establecieron entre el gobierno liberal interino de Benito Juárez y Estados Unidos, reflejadas en el Tratado McLane-Ocampo de 1859, tienen como principio el gran proceso industrial que experimentaba el vecino país y que para el inicio del siglo XX lo convertiría en la mayor potencia industrial mundial.

 Necesitado como estaba de expansión territorial, Estados Unidos apoyó al gobierno de Juárez en la Guerra de Reforma a cambio del libre tránsito en el Istmo de Tehuantepec y la soberanía de la Baja California, entre otras prerrogativas. El gobierno juarista no tuvo alternativa, pues la amenaza de la intervención tuvo fundamento luego de la guerra de 1847, además de la escasez de capital para mantener la guerra, la cual al inicio perdía. Este tratado fue desechado por el Senado estadunidense en 1861.

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La historia del expansionismo estadunidense en el continente americano ha sido muy larga. Nuestro país lo sufrió luego de la guerra de 1847, cuando mediante el Tratado de paz Guadalupe-Hidalgo México perdió la mitad de su territorio. Sin embargo, diversas negociaciones diplomáticas a lo largo de varias décadas posteriores a aquella guerra tuvieron como objetivo la obtención de más territorio nacional. Ejemplo de ello son el Tratado de la Mesilla de 1853, o el fallido Tratado McLane-Ocampo durante el gobierno de Benito Juárez, en 1859.

 

Luego de la guerra civil entre el norte y el sur, Estados Unidos vivió un desarrollo industrial inusitado, reflejado en el incremento de la producción acerera, minera, manufacturera y petrolera, así como en el veloz establecimiento de una extensa red ferroviaria, lo que hizo que durante las últimas cuatro décadas del siglo XIX este país se convirtiera en la nación más industrializada del mundo.

 

La industria ferroviaria jugó un papel predominante en este desarrollo, pues entre 1831 y 1861 se construyeron 48 mil kilómetros de vías férreas que conectaban la costa del Atlántico con el valle de Mississippi. Después de la guerra de secesión, hacia 1880, se construyeron 165 mil kilómetros adicionales y para inicios del siglo XX el territorio estadunidense contaba con 310 mil kilómetros de vías, es decir, el 40% del kilometraje ferroviario mundial existente hasta entonces.

En este desbordante crecimiento industrial, y por supuesto económico, el asunto de los caminos transcontinentales se volvió fundamental. Así, por ejemplo, en 1862 el Congreso estadunidense aprobó la concesión a favor de los ferrocarriles Union Pacific y Central Pacific de 21.6 millones de hectáreas de tierras del gobierno, así como préstamos por más de 60 millones de dólares para construir estos caminos en todo el país.

 

Entre tanto, la situación de México para la segunda mitad del siglo XIX era radicalmente distinta. La consolidación del liberalismo mexicano se vería reflejada apenas al inicio de la centuria siguiente. Por lo pronto, el gobierno interino de Benito Juárez enfrentaba una guerra interna contra los conservadores, representados por el general Félix Zuloaga (Guerra de Reforma), que dio motivo a distintos países para tratar de influir directamente sobre la política mexicana, tanto a favor de los conservadores como de los liberales.

 

Ése fue el caso del gobierno estadunidense, que atendió la recomendación que hiciera el agente confidencial William Churchwell en 1859 respecto a la conveniencia de reconocer al gobierno liberal de Benito Juárez a cambio de suscribir un tratado que, grosso modo, garantizara a Estados Unidos la soberanía sobre Baja California y el libre tránsito por el Istmo de Tehuantepec. De esta forma, el presidente Buchanan envió a su ministro, Robert McLane, a pactar con el gobierno juarista, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, Melchor Ocampo, el conocido como Tratado McLane-Ocampo, suscrito el 14 de diciembre de 1859.

 

Para Melchor Ocampo siempre estuvo presente la proclama de “ajustar, de una manera honrosa y satisfactoria, las cuestiones que estaban pendientes cuando se suspendieron las relaciones entre los dos países”, evitando la cesión de territorio nacional, principio difícil de sostener considerando el expansionismo industrial y territorial de Estados Unidos en ese momento, además de las derrotas que el gobierno liberal sufría en las primeras batallas y las urgentísimas necesidades económicas para mantener la guerra.

 

El Tratado McLane-Ocampo fue rechazado de manera definitiva por el Senado de Estados Unidos en mayo de 1861.