Palacio Nacional: Juárez y Maximiliano

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La segunda mitad del siglo XIX representó un cambio radical en la política mexicana, que se reflejó en un Estado mucho más laico. Los vaivenes políticos se vivieron en la sociedad mexicana: una parte de ella como participante activa en la guerra de Reforma, y la otra en el boato imperial europeo, para finalmente conjugarse, toda ella, en el luto nacional que provocó la muerte del héroe de la segunda independencia y defensor del cambio al laicismo: Benito Juárez. El Palacio Nacional, como un escenario de fondo, al igual que la sociedad se transformó en la sede del poder con estricto sentido secular.

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Las fracturas, el deterioro, y el oropel del Palacio Nacional durante la segunda mitad del siglo XIX acompañaron el transcurrir de la historia de México en ese periodo. El boato de pacotilla que instauró Antonio López de Santa Anna durante su último periodo de gobierno, la dictadura (1853-1855), cuando se transformó en “Su Alteza serenísima”, dio pie a fiestas de relumbrón dentro del Palacio Nacional.

El edificio estaba a cargo, por cierto, de un gobernador, quien residía en el mismo Palacio, y que según el Reglamento para el Gobierno Interior del Palacio Nacional, del 16 de junio de 1853, su administración debía comprender los ramos de seguridad, conservación, policía y ornato. Del gobernador, nombrado por el mismo Santa Anna, dependían un conserje, un escribiente, dos mozos, el arquitecto de Palacio, un capellán, un relojero, dos serenos y personal de limpieza.

Palacio era resguardado por el ejército y habitado por el presidente, los ministros y los diputados, quienes en la Cámara, habitante también del vetusto edificio, discutían leyes en torno a banalidades cotidianas como los uniformes, reglamentos y excentricidades de la resucitada Orden de Guadalupe. Sin embargo, también era un espacio abierto a la población que circulaba en él, bien para cobrar salarios en la siempre vacía Tesorería General, o bien para reclamar ante el gobierno cualquier clase de asuntos, por ejemplo, las esposas de policías o militares que con frecuencia solicitaban la baja de sus maridos, por causa de enfermedad, para cobrar libremente la pensión.

Una vez triunfante la Revolución de Ayutla, y establecido un régimen republicano con la nueva legislación liberal de 1857, Palacio Nacional no se libró de continuar con batallas en su interior. El Constituyente de 1856-1857 fue retratado de manera exquisita por el diputado Francisco Zarco, quien en su “Crónica Parlamentaria” del periódico El Siglo XIX, retrata no sólo las controversias ideológicas sino también la vida de aquella época. Por ejemplo, cuando el Congreso iba a sesionar en torno a la ley de propiedad no hubo quórum, pues la mayoría de los diputados que habían abierto la sesión de pronto desaparecieron de escena pues se habían dado cita en el Teatro de Iturbide. Pronto se estableció una pequeña comisión cuyo fin fue traer de vuelta a los diputados disidentes, con la cual sólo regresaron unos pocos pues los demás decidieron quedarse a presenciar la función.

Era la época de artistas reconocidos a nivel mundial como Ángela Peralta o José Zorrilla, cuando el gran Teatro de Santa Anna, después Teatro Nacional, fue escenario de grandes diversiones públicas y al que asistían tanto la clase alta como los políticos y empresarios de la época.

Aún faltaba el estridente boato palaciego europeo del imperio de Maximiliano de Habsburgo, quien gastó una gran cantidad de recursos en adaptaciones para instalar galerías, escaleras, remozar el jardín botánico, salones, capilla, y toda clase de ornamentación europea, incluidas dos victorias aladas que se instalarían en la época de Sebastián Lerdo de Tejada en la azotea de la fachada principal del Palacio.

El enorme Salón de Recepciones, también conocido como Salón del Dosel y el Trono, fue motivo de redecoración cuando se instaló en él la Galería de Iturbide que contenía retratos de los insurgentes realizados por los pinceles de Tiburcio Sánchez, Joaquín Ramírez, José Obregón, Ramón Sagredo y Pelegrín Clavé, entre otros. También se instalaron una serie de lámparas de pie austriacas a lo largo de este salón, y se retiraron los rasos del techo para dar aire a la magnífica viguería de cedro virreinal, que todavía hoy luce espléndida en el Salón de Recepciones —una buena parte de estos objetos, por cierto, fueron subastados al concluir el imperio para pagar deudas. Se destruyeron las viviendas que se ubicaban en la azotea de Palacio y se subió el nivel de los patios para evitar inundaciones, al mismo tiempo que se destruían paredes inútiles y peligrosas por su inevitable deterioro.

A pesar de que la morada preferida por los emperadores Maximiliano de Habsburgo y la archiduquesa Carlota Amelia fue el Castillo de Chapultepec, la residencia oficial de gobierno fue el Palacio Imperial, en el que sus salones, que fueron habitados por virreyes y presidentes, se convirtieron en salones de baile a los que asistía la crema y nata de la sociedad mexicana —que aún no asimilaba el comportamiento adecuado para estas recepciones—, y donde las damas de alta sociedad asistían emperifolladas, alejadas de la simpleza y elegancia de la aristocracia europea. El 4 de noviembre de 1865 fue puesta en escena la obra Don Juan Tenorio, dirigida por José Zorrilla, predilecto del imperio mexicano, en el Salón de Embajadores del Palacio, a propósito del cumpleaños de la emperatriz.

Esta vida palaciega que se experimentó durante los tres años del Segundo Imperio Mexicano contrastó severamente con la consternación y dolor que vivió la población de la Ciudad de México ante el fallecimiento de Benito Juárez el 18 de julio de 1872, en el mismo Palacio Nacional.

Cuando Benito Juárez recuperó el control del país, con la Restauración de la República (15 de julio de 1867), una vez fusilado Maximiliano en el Cerro de las Campanas, Querétaro, el presidente oaxaqueño decidió habitar la zona norte de Palacio Nacional, dejado el boato imperial sólo para las oficinas de despacho oficial, y se instaló en el primer piso de los Patios Marianos, de donde se trasladaba diariamente hacia el sur, para despachar como presidente. La zona norte que había sido utilizada por la Cárcel Real hasta 1831 era el área más austera del Palacio, y sería, a partir de ese momento, lugar de residencia presidencial de Juárez, de Porfirio Díaz durante su primer periodo de gobierno, y finalmente del general Manuel González, último presidente en habitar Palacio. De regreso a la presidencia, Porfirio Díaz decidió radicar en el Castillo de Chapultepec y dejó sus aposentos de Palacio a la Secretaría de Hacienda, que habitaba el lado norte de edificio desde la época virreinal.

La noche del 18 de julio de 1872 el pueblo se vio severamente consternado por la noticia del fallecimiento del presidente Benito Juárez en Palacio Nacional. Su cuerpo, luego de ser embalsamado, fue velado durante tres días en el Salón de Embajadores (área Presidencial), de donde salió hacia el Panteón de San Fernando acompañado por una multitud que lloraba la pena de perder al héroe de la segunda independencia, y a uno de los principales artífices de las leyes de Reforma y de la Constitución de 1857.

Aun faltaban grandes cambios a aquella sociedad decimonónica, lo mismo que al Palacio Nacional, que conocería pronto los primeros elevadores, el primer meteorológico, la celebración del centenario de la independencia, un tercer piso, y la epopeya del pueblo mexicano pintada por uno de los grandes muralistas de este país, Diego Rivera.