Palacio Nacional
Porfiriato

En el largo mandato del general Porfirio Díaz el Palacio Nacional sufrió grandes cambios, como nunca los había experimentado con anterioridad; la reparación y transformación de grandes áreas de la antigua edificación fueron constantes a lo largo de todo este periodo. Estas transformaciones fueron de diferente naturaleza: desde cambios que implicaron la demolición y reacondicionamiento de importantes zonas, hasta modificaciones menos llamativas que sin embargo mantenían en pie la ya vetusta construcción.

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Porfirio Díaz permaneció como presidente del país por tres largas décadas. El peso de su presencia en la historia del país en la última mitad del siglo xix resulta muy señalada. En el transcurso de su dilatada estancia en el poder el país transitó de una época de gran agitación política a una etapa de paz y tranquilidad pública. Sin embargo, el costo de este periodo de estabilidad fue muy alto: la convivencia y el desarrollo democrático se pospusieron lastimosamente y las desigualdades sociales se tornaron insalvables, profundizando la brecha entre ricos y pobres.

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Uno de los aspectos más decisivos en la vida urbana es la manera como se transportan sus habitantes. La ciudad, desde su lejana fundación hasta finales del siglo xix, fincó el indispensable traslado de gente y mercancías en la amplia utilización de la tracción animal. Esta larga etapa finalizó cuando en el año de 1900 se inauguró el tranvía eléctrico. Para entonces los términos de la convivencia urbana sufrieron un gran vuelco que a la postre resultarían irreversibles.

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Hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX la construcción de edificios aumentó sustancialmente en el país. Tanto las obras públicas como las privadas proliferaron a lo largo y ancho de su superficie. El Palacio Nacional no fue la excepción; hacia 1901 las antiguas instalaciones fueron reconstruidas en profundidad variando la disposición funcional de sus salones y sobre todo remodelando sus interiores, los cuales fueron totalmente decorados de acuerdo con conceptos artísticos que se decantaban por una ornamentación con marcados gustos afrancesados.

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Hacia finales del siglo XIX el surgimiento de una nueva élite —que desplazaba a la que se había conformado a finales del periodo colonial— influyó en las actividades comerciales de las Ciudad de México. Manifiesta característica de este cambio es la interesada y buscada imitación de estilos de vida europeos, franceses e ingleses. De esta manera se fomentó la importación de productos extranjeros: adornos, telas, lozas, porcelanas, muebles y modas en el vestir. Entonces se generó un marcado y diferenciado mercado de consumo en la ciudad: uno, orientado hacia los grupos de altos ingresos, y otro, dirigido hacia la mayoría de los pobladores de la ciudad.

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En las últimas décadas del siglo XIX el transporte de hombres y mercancías había sido radicalmente transformado por la incorporación del ferrocarril. La tracción animal, que por siglos había sido la fuerza tradicional de arrastre terrestre, fue paulatina pero inexorablemente sustituida por el remolque de vagones por medio de locomotoras movidas con energía térmica. Esta innovación surgió en Inglaterra y se difundió rápidamente por todo el continente europeo de tal manera que para los años setenta los territorios nacionales ya estaban cubiertos por sus líneas primordiales. En América Latina no será sino hasta las últimas décadas del siglo cuando se advierta su impacto decisivo.

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