Arquitectura e influencia europea

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Hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX la construcción de edificios aumentó sustancialmente en el país. Tanto las obras públicas como las privadas proliferaron a lo largo y ancho de su superficie. El Palacio Nacional no fue la excepción; hacia 1901 las antiguas instalaciones fueron reconstruidas en profundidad variando la disposición funcional de sus salones y sobre todo remodelando sus interiores, los cuales fueron totalmente decorados de acuerdo con conceptos artísticos que se decantaban por una ornamentación con marcados gustos afrancesados.

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Las áreas protocolarias de la Presidencia de la República localizadas en el ala sur del Palacio —los balcones de sus estancias miran hacia la Plaza de la Constitución y a la calle de Corregidora— fueron decoradas lujosamente por el ingeniero Gonzalo Garita con un manifiesto estilo europeizante. Originalmente estos salones se utilizaron como habitaciones de los virreyes y más adelante como morada de los presidentes; para 1901 se emprenden importantes obras en esta área del Palacio transformando sus salones en áreas suntuosas que exhibían, en primer lugar, la condición de “primer edificio de la Nación”, y en segundo lugar ponían de manifiesto el prestigio que Porfirio Díaz interesadamente hacía patente ante los habitantes de la nación.

 

Fueron varios los salones que sufrieron una radical readecuación. Entre los más sobresalientes se encuentran ahora los reconocidos por los colores de los tapices que dominan sus áreas, estas cámaras se transformaron en los reconocidos como Salones Azul, Verde y Morado. El Azul era conocido como Salón de Audiencias, el Verde como primer salón de Audiencias y el Morado como Salón de Ayudantes. Además de éstos también cambiaron sus interiores, entre otros, los salones de Embajadores, el despacho presidencial, el comedor y el antecomedor. Todos ellos se ajustaron a estilos de clara influencia europea cuyo resultado se manifestó en una muy ostentosa y abigarrada ornamentación de paredes, pisos, techos y muros. Los salones se llenaron de plafones profusamente adornados por florones, follajes y mascarones y se echó mano copiosamente de sofisticadas molduras de yeso así como de muy finos acabados en maderas preciosas.

 

Las obras de remodelación a las que se vieron sujetos los salones del Palacio forman parte de un pronunciado repunte de la construcción en el país en las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX. En todo el siglo XIX no hubo un auge tan manifiesto de la edificación como en este lapso. La inversión privada y pública se canalizó profusamente en obras que se llevaron a cabo en todo el país, lo mismo se levantaron casas particulares que fábricas y almacenes sin dejar de lado las obras de carácter público como monumentos y edificios para la administración estatal.

 

Entre la aristocracia porfiriana se consolidó la imitación de costumbres y estilos de vida europeos, especialmente franceses. La élite, entonces asociada al capital extranjero, pugnó por darle al país una imagen moderna, culta y progresista; es así como se adoptan ampliamente estilos arquitectónicos de origen europeo que se identifican con el nombre de “eclécticos”. Se trataba de una tendencia artística en que la creación de lo nuevo pasaba por la adopción a conveniencia de lo mejor de los estilos del pasado; de esta manera algunas de las tendencias que cambiaron la fisonomía de las construcciones fueron la ecléctica integrada, la ecléctica francesa, la ecléctica semiclásica, la ecléctica metalífera, la neogótica, la neomorisca y otras más.

 

Paralelamente, emergieron nuevos hábitos promovidos por la élite en su afán de diferenciación respecto al pasado y en su interés por imitar modas que llegaban de ultramar; nacieron por aquel tiempo los paseos de la Reforma y el de Chapultepec, que se convirtió, este último, en uno de los preferidos de los capitalinos, entonces rediseñado a la manera del bosque de Bolonia y dotado de un lago artificial. Simultáneamente, sobre el Paseo de la Reforma se ubicaron los nuevos y lujosos fraccionamientos de la aristocracia porfiriana, como la colonia Juárez y la Roma. La arquitectura de estas nuevas áreas cambió sustancialmente, el diseño se guió por el eclecticismo, de tal manera que se poblaron con mansiones coronadas por torreones, techos de dos aguas, mansardas y separadas unas de otras por prados; también la técnica de la construcción se innovó incorporando la utilización de materiales como el hierro y el concreto.