El ferrocarril

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En las últimas décadas del siglo XIX el transporte de hombres y mercancías había sido radicalmente transformado por la incorporación del ferrocarril. La tracción animal, que por siglos había sido la fuerza tradicional de arrastre terrestre, fue paulatina pero inexorablemente sustituida por el remolque de vagones por medio de locomotoras movidas con energía térmica. Esta innovación surgió en Inglaterra y se difundió rápidamente por todo el continente europeo de tal manera que para los años setenta los territorios nacionales ya estaban cubiertos por sus líneas primordiales. En América Latina no será sino hasta las últimas décadas del siglo cuando se advierta su impacto decisivo.

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El ferrocarril surge en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII estrechamente relacionado con la explotación minera. Los vagones cargados con materias primas se hacen rodar sobre rieles con el fin de facilitar su desplazamiento. Estos carros abarrotados de material eran empujados lo mismo por trabajadores que por bestias de carga y su destino era las más de las veces algún río o canal cercano donde se embarcaba para transportarlo a lugares más lejanos. El impulso excepcional que supuso la llamada Revolución Industrial en los procesos industriales en Inglaterra presionó a favor del perfeccionamiento en el traslado de volúmenes cada vez mayores de materias primas a las fábricas y de éstas a los lugares de consumo.

 

A principios del siglo XIX ocurre la feliz integración de los ya ampliamente utilizados rieles y la máquina de vapor de James Watt que había impactado tan profundamente a la producción textil y a otras ramas industriales. El ingeniero minero inglés Richard Trevithick, de la región productora de cobre de Cornwall, logró perfeccionar su artefacto de tal manera que el 21 de febrero 1804 su locomotora arrastró con éxito la distancia de 16 kilómetros a 5 vagones cargados con 10 toneladas de hierro y 70 hombres en la fundición Penydarren, cerca de Merthyr Tydfil, en el sur de Gales.

 

De ahí en adelante el uso de las locomotoras se incrementó notablemente; sin embargo, su utilidad estaba restringida a un uso estrictamente industrial en el demarcado ámbito de los procesos productivos. Fue George Stephenson —nacido en el pueblo minero de Wylam, Inglaterra— quien gradualmente impulsó recorridos de mayor relevancia, y el 27 de septiembre de 1825 inauguró la línea Darlington-Stockton en el noreste de Inglaterra. Este trayecto se considera como la primera vía férrea pública del mundo; no obstante, su éxito más sonado fue el diseño de una locomotora llamada The Rocket, que sirvió para iniciar la ruta que iba de Liverpool a Manchester (1830), ahora proyectada para el transporte no sólo de mercancía sino señaladamente de pasajeros. Los resultados fueron muy satisfactorios abriendo las puertas para el desplazamiento histórico de la fuerza motriz ejercida por animales y personas en el transporte de bienes y gentes.

 

A partir de aquella experiencia el transporte de mercancías y personas ganó en rapidez; el volumen y número de pasajeros se incrementó sustancialmente y las distancias que se cubrieron fueron cada vez mayores. Gran Bretaña, siempre a la vanguardia, empezó a desarrollar un sólida red ferrocarrilera entre ciudades y centros fabriles desde mediados de los años 30 del siglo XIX; este impulso se prolongó hacia el continente de tal manera que para 1840 la vías férreas construidas alcanzaban en Alemania 6 mil kilómetros y en Francia 3 mil, todavía lejos de los casi 11 mil de Inglaterra. Esta última jugó un papel muy importante en el tendido de la red ferroviaria en Europa, exportando mano de obra, técnica, capital y materiales. Hacia los años cincuenta reorienta sus actividades hacia otras áreas fuera de Europa como Egipto, India y Norteamérica; para entonces Francia consigue una primera posición en la construcción de redes ferrocarrileras en España, Suiza, Italia, el valle del Danubio y Rusia.

 

Ya para los años setenta la ramificación del sistema ferroviario había alcanzado en Europa una muy amplia expansión: si para 1850 se habían tendido 24 mil kilómetros de líneas férreas, en 1870 se tenían desplegados 80 mil kilómetros; sobresalían los franceses con cerca 15 mil y Alemania con 12 mil kilómetros. América Latina no era ajena a esta vertiginosa expansión; sin embargo, ya para terminar el siglo XIX, a diferencia de Europa, a la que ya le quedaba poco por hacer al respecto, en esta parte del mundo todavía quedaba mucho camino por recorrer. Con un igualmente rápido crecimiento en las últimas décadas del siglo, México, Argentina y Brasil eran los países con el mayor número de kilómetros tendidos de toda América Latina.