El espacio del comercio

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Hacia finales del siglo XIX el surgimiento de una nueva élite —que desplazaba a la que se había conformado a finales del periodo colonial— influyó en las actividades comerciales de las Ciudad de México. Manifiesta característica de este cambio es la interesada y buscada imitación de estilos de vida europeos, franceses e ingleses. De esta manera se fomentó la importación de productos extranjeros: adornos, telas, lozas, porcelanas, muebles y modas en el vestir. Entonces se generó un marcado y diferenciado mercado de consumo en la ciudad: uno, orientado hacia los grupos de altos ingresos, y otro, dirigido hacia la mayoría de los pobladores de la ciudad.

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La especialización del uso comercial del suelo en el centro de la ciudad se afirmó, desplazando a los usos habitacionales, y de manera más definitiva a las actividades productivas. El comercio se trasladó hacia las calles aledañas al poniente del Zócalo, especializándose en la venta de productos de consumo para las clases de altos ingresos: sastrerías, casas de alta costura, almacenes de artículos importados.

 

El comercio en gran escala se arraigó en el centro y se construyeron edificios de varios pisos para albergar a grandes almacenes que introducen nuevos sistemas de ventas: el Puerto de Liverpool, el Puerto de Veracruz, el Centro Mercantil, el Palacio de Hierro, etcétera. Asimismo, se fundaron agencias de negocios, relacionadas estrechamente con la venta de productos extranjeros, que sumadas al establecimiento de bancos y despachos, definieron al centro como área orientada claramente hacia los servicios de intermediación.

 

Las calles de mayor movimiento mercantil se encontraban en los alrededores de la Plaza de la Constitución. En conjunto constituían el centro comercial más importante de la Ciudad de México y del país. La calle más importante era Plateros (Madero); le seguían Capuchinas y San Bernardo (Venustiano Carranza), el Portal de las Flores y Tlapaleros (16 de Septiembre), Don Juan Manuel (Uruguay) y Monterilla (5 de Febrero).

 

En ellas se encontraban los establecimientos más grandes especializados en la venta de productos para el vestido y la alimentación. Un tipo de comercio tradicional que había existido en la ciudad desde los años inmediatamente posteriores a su fundación se trataba de almacenes de efectos de lencería, sedería, bonetería, ropa, calzado, confecciones, tapices; también había almacenes de ferretería, mercería, quincallería, a lo que hay que añadir los establecimientos de cristalería, porcelana, perfumería y fotografía. Los almacenes de abarrotes nacionales y extranjeros eran los más numerosos y los de ropa eran los que vendían los bienes de mayor valor.

 

En el comercio de gran escala se introducen cambios importantes; para estas fechas este tipo de establecimiento se distingue por innovar sus técnicas de venta y sus edificios son construidos ex profeso para cumplir con estos nuevos requerimientos mercantiles, entre otros aspectos aumentando el número de sus pisos. La venta en estos establecimientos se especializa y así es como surgen las tiendas llamadas “departamentales”, con funciones diferenciadas que no existían en los comercios hasta entonces. Se crean, por ejemplo, los departamentos de “Damas”, el de “Caballeros” o el de “Artículos para el hogar”.

 

Estas innovaciones en los términos de la venta mercantil son acompañadas por otros cambios en el exterior e interior de los almacenes. Hacia la calle y con definidos objetivos de exhibición de las mercancías que están a la venta se rediseñan las fachadas de tal manera que se construyen grades aparadores que sustituyen a los antiguos muros con largos escaparates de cristal, que a su vez son protegidos por extensas marquesinas. Asimismo, el interior de los edificios, plafones y muros se adornan con elegantes acabados en finas maderas y elegantes espejos. De igual manera sucede con el mobiliario propio de estos establecimientos, como es el caso de vitrinas, mostradores y estantería.