Porfirio Díaz

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Porfirio Díaz permaneció como presidente del país por tres largas décadas. El peso de su presencia en la historia del país en la última mitad del siglo xix resulta muy señalada. En el transcurso de su dilatada estancia en el poder el país transitó de una época de gran agitación política a una etapa de paz y tranquilidad pública. Sin embargo, el costo de este periodo de estabilidad fue muy alto: la convivencia y el desarrollo democrático se pospusieron lastimosamente y las desigualdades sociales se tornaron insalvables, profundizando la brecha entre ricos y pobres.

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Porfirio Díaz nace en Oaxaca el 15 de septiembre de 1830. Su padre, propietario del mesón de La Soledad en la ciudad de Oaxaca, muere cuando él cuenta con apenas tres años. Su crianza recaerá en su madre, la señora Petrona Mori, quien muy a su pesar al poco tiempo tiene que vender el mesón. Entonces, su progenitora lo manda a la escuela para que aprenda las primeras letras y además lo coloca como aprendiz de carpintero. En el año de 1843 ingresa al Seminario Conciliar de la Santa Cruz, algo común en aquella época: con ello se pretendían propósitos de promoción profesional. Como alumno externo del Seminario estudia latín y filosofía.

 

Más adelante toma contacto con el abogado Marcos Pérez, un liberal de la localidad, lo que lo lleva a variar sustancialmente su proyecto de vida profesional. En el año de 1850 abandona el seminario y se inscribe en el Instituto de Ciencias y Artes del Estado para estudiar leyes y trabajar como bibliotecario. El director de la prestigiosa institución era por esas épocas don Benito Juárez con el que traba amistad. Sus nuevas inquietudes profesionales lo decantan por las ideas que enarbola el liberalismo, de tal manera que una vez que estalla la revolución de Ayutla en contra de la dictadura de Antonio López de Santa Anna la apoya decididamente.

 

En esta oportunidad la vida del joven Porfirio Díaz vuelve a dar otro vuelco definitivo: abandona su ya avanzada carrera de abogado y se inclina por la carrera militar. Empieza de esta manera la que será una larga y accidentada trayectoria castrense. El triunfo del general Juan N. Álvarez, quien encabezó la revolución de Ayutla, trajo consigo el regreso al país de Benito Juárez y su nombramiento como gobernador del estado de Oaxaca; a su vez, el nuevo mandatario estatal designó a Porfirio Díaz jefe político de Ixtlán.

 

Su carrera militar continuó, interviniendo sin tregua en numerosos combates en contra de los conservadores. Su ascenso militar y político fue constante hasta que con el triunfo liberal en 1861 obtiene una diputación por Oaxaca en el Congreso de la Unión. El ya general Porfirio Díaz se vuelve a distinguir militarmente ahora combatiendo a las tropas invasoras francesas; su intervención en la batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862 contribuye decisivamente a la derrota de los franceses y a su repliegue hasta Orizaba. Más adelante en el impulso final que supondría la expulsión de las tropas invasoras pone sitio a la ciudad de Puebla para finalmente tomarla brillantemente el 2 de abril de 1867.

 

El regreso triunfante de don Benito Juárez a la Ciudad de México conllevó al retiro temporal de Díaz en su Hacienda de la Noria en Oaxaca. Posteriormente, decide participar en la contienda por la Presidencia de la República frente a Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada. Sale derrotado y entonces proclama el Plan de La Noria en el que desconoce el resultado de la elección. Al poco tiempo sucede la muerte del Benemérito, el 18 de julio 1872, lo que invalida la reivindicación central de la rebelión. A raíz de este infausto suceso se proclama a Sebastián Lerdo de Tejada como presidente, pues por entonces ocupaba la titularidad de la Suprema Corte de Justicia. Más adelante Lerdo decide reelegirse; inconforme Díaz con esta determinación vuelve rebelarse y el 10 de enero de 1876 proclama el Plan de Tuxtepec.

 

En esta oportunidad Porfirio Díaz resulta vencedor; Lerdo de Tejada sale exiliado y muere en la ciudad de Nueva York en 1889. Así, el 5 de mayo de 1877 el general ve culminadas sus largamente cultivadas ambiciones políticas cuando protesta como presidente ante el Congreso de la Unión. Salvo el periodo presidido por Manuel González, amigo e incondicional, entre 1880 y 1884, el general no interrumpió su férreo mandato sino hasta 1911 cuando sale exiliado en el buque Ipiranga hacia París. El siempre vigoroso general muere a los 84 años. Sus restos se encuentran enterrados en el famoso cementerio de Montparnasse en París.