Del Palacio Nacional a los Pinos

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Las décadas posteriores a la Revolución Mexicana estuvieron marcadas por un sentimiento nacionalista que no se había vivido hasta entonces. Los modelos artísticos, intelectuales, educativos que generalmente eran importados de Europa o Estados Unidos, comenzaron a cobrar un tinte mexicano importante. La educación fue vista como la base de la sociedad y tuvo líderes como José Vasconcelos, quien detentó la cartera de Educación Pública. Literatos, arquitectos y pintores como Diego Rivera, dejaron su huella en muros y salones del Palacio Nacional, que hasta hoy se conservan y admiran.

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La época de la posrevolución permitió la posibilidad de plantear un nuevo escenario intelectual y cultural que se vio reflejado en distintas disciplinas. Luego de la larga lucha armada, el país fue campo fértil para el empuje nacionalista de intelectuales y artistas, que dejaron tras de sí una obra que hasta el día de hoy se puede apreciar en diferentes lugares de México. Literatos, muralistas, pintores, reformadores, líderes políticos, todos con un sentido nacionalista que con el tiempo fue consolidándose. Parte de este impulso es la Universidad Nacional que se creó a principios del siglo XX, y que para 1933 alcanzó su autonomía; en 1935 nacieron el Instituto Politécnico Nacional y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, órgano, este último, del que dependía el Museo Nacional de Historia, Arqueología y Etnografía; igualmente en esta época se estableció el Consejo Nacional de Educación Superior y de Investigación Científica

 

Uno de los puntos fundamentales a destacar al término de la Revolución es la educación y su trascendencia para la sociedad mexicana en las décadas posteriores. Entre los personajes más reconocidos por la forma de abordar este tema destaca José Vasconcelos, quien fuera Secretario de Educación Pública y actor principal en este tema, que vio en la educación la base fundamental para el desarrollo de cualquier sociedad. El trayecto educativo que había venido viviendo el país a partir de la conclusión de la independencia (1821), había sufrido ya trasformaciones trascendentes, como la vivida en la reforma liberal de mitad del siglo XIX, sin embargo, el sesgo que le dio Vasconcelos permitió ver en ella la oportunidad de una sociedad mucho más libre ante los embates del mundo moderno.

 

Fue durante la presidencia de Álvaro Obregón cuando se reformaron los elementos educativos, entre ellos, el inicio de la enseñanza sexual a nivel medio, que a pesar de ser muy incipiente rompió tabúes en una sociedad mexicana aún muy conservadora.

 

En este periodo la educación fue vista como un elemento unificador nacional, y se fomentó de dos maneras: a través de la estética y del libro. De esta forma se editaron publicaciones clásicas y se construyó una gran cantidad de bibliotecas públicas en todo el país. En cuanto a la estética, fue el momento del esplendor del muralismo, alentado por el poder político, con José Vasconcelos como promotor intelectual.

 

Entre los artistas destacados en esta labor estaban David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera, todos con un elemento común, imprimir mensajes a través de su obra muralista a una población carente de instrucción pública, analfabeta en su mayoría.

 

Parte de los artífices del desarrollo cultural e intelectual fue el conocido grupo de los “siete sabios”: Alfonso Caso, Antonio Castro Leal, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano, Jesús Moreno Baca, Teófilo Olea y Leyva, Alberto Vázquez del Mercado y el mismo José Vasconcelos. Todos ellos con un interés genuino por México, con un arraigado sentimiento nacionalista, aun cuando sus posturas ideológicas fueran distintas. Varios de ellos fueron rectores de la Universidad Nacional; otros, fundadores de instituciones políticas, como Gómez Morín, quien luego de ser Oficial Mayor y Subsecretario de Hacienda, fundó en 1939 el Partido Acción Nacional, con una postura de derecha. En el caso de Lombardo Toledano, se dedicó a la organización sindical obrera —el primer sindicato de profesores en 1920, y la Confederación Regional Obrera Mexicana en 1922—.

 

Otra de las vertientes de la época fueron los literatos, que la Revolución generó a manos llenas; ejemplo de ellos son Pedro Henríquez Ureña, Enrique González Martínez, Julio Torri, Rafael Cabrera, Marín Luis Guzmán, entre otros; además de músicos y pintores de la talla de Manuel M. Ponce, Julián Carrillo, o artistas como Roberto Montenegro o Alfredo Ramos Martínez, además de los muralistas mencionados.

 

Las primeras décadas posteriores a la Revolución cimentaron un México contemporáneo más comprometido con sus bases históricas y culturales, y enriquecido con intelectuales venidos de otros lugares, como es el caso de los españoles exiliados que llegaron en la década de los treinta, luego del golpe militar de Francisco Franco.

 

Palacio Nacional vivió parte de este engrandecimiento intelectual y cultural, desde la creación de espacios para el acervo bibliohemerográfico (el Archivo General de la Nación, la Biblioteca de Finanzas de Hacienda), hasta la intervención arquitectónica de art déco en manos del arquitecto Manuel Ortiz Monasterio, quien creó la bóveda de la Tesorería de la Federación. Sin duda alguna, parte de estos sucesos es la obra mural de Diego Rivera en el cubo de la escalera del Patio Central y los corredores norte y una sección del oriente, con una clara tendencia nacionalista plasmada en el rescate de las culturas prehispánicas.

 

Fue en la época de la presidencia del general Lázaro Cárdenas cuando se crea una nueva sede oficial del poder, cuando el Rancho de la Hormiga alojó por primera vez a la residencia oficial presidencial, hoy Los Pinos.