La navegación europea en el siglo XVI

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En el siglo XVI, dos países localizados en la península ibérica, España y Portugal, acometen una vigorosa y audaz empresa de exploración, inédita en la historia de la humanidad, que les permite surcar las extensas y vastas aguas de los océanos hasta entonces desconocidas. En busca de una ruta que conectara directamente los puertos europeos con las promisorias tierras situadas al oriente, poseedoras de grandes riquezas como la seda y las especies, entre otras mercaderías, estos navegantes ampliaron considerablemente el conocimiento del mundo y convirtieron a España y Portugal en dos de las naciones más fuertes y ricas de Europa y del orbe.


Entre los países europeos, España y Portugal tomarán la delantera en la expansión fuera de sus fronteras continentales y en el descubrimiento de nuevos territorios para ellos extraños. En parte esta iniciativa se ve favorecida por la posición geográfica de la península ibérica, próxima a África y con una extendida costa que mira al Atlántico. Los pescadores vascos y cántabros estaban formados en una muy rica tradición marítima que con el tiempo los preparó para enfrentar las dificultades que la exploración en ultramar les deparaba. Sin embargo, estos experimentados navegantes no se podían alejar de las costas; eran la única referencia segura para su orientación. Para vencer estos obstáculos que dificultaban la navegación transatlántica se incorporaron diversos adelantos técnicos, entre ellos la brújula y el astrolabio.


La brújula, conocida y utilizada por los chinos de tiempo atrás, fue crucial para el reconocimiento que los marineros tenían de su posición en altamar y del curso que se debía seguir. La aguja imantada sobre un eje se colocaba sobre una “rosa de los vientos” que señalaba los puntos cardinales y sus correspondientes subdivisiones que indicaban en total 32 rumbos. Otra de las adaptaciones fue la simplificación del astrolabio, instrumento diseñado originalmente con fines astronómicos que provenía de los árabes y que permitía determinar la posición de las estrellas sobre la bóveda celeste. La conocida como “ballestilla” fue otro artefacto que se utilizó para medir la altura de la estrella polar y que junto con la sonda, que medía la profundidad del mar, permitieron a los navíos, aunque todavía imperfectamente, orientarse y determinar su posición en cualquier punto del mar en donde se encontraran.


Los portugueses fueron quienes tomaron la delantera en la exploración marítima en busca de una nueva ruta hacia el oriente. Sobresalió en estas tareas arriesgadas don Enrique el Navegante, hermano del rey, quien fundó en Sagres, en la costa del Algarve en Portugal, un centro de información provisto de documentación sobre la navegación y su materia. En la época de Enrique el Navegante los marineros a su servicio llegan a las islas Azores, Madera y Porto Santo, descubren el archipiélago de Cabo Verde, y en 1434 Gil Eanes logra traspasar el cabo Bojador, en las costas de África. Las incursiones de los portugueses consiguen su punto más alto cuando Vasco de Gama realiza la circunnavegación de África una vez que Colón ya había desembarcado en América.


Cristóbal Colón tuvo la idea de alcanzar las Indias Orientales atravesando el Atlántico. Por primera vez propone su proyecto en Portugal; sin embargo, no es aceptado. Entonces, se traslada a España con el propósito de ofrecérselo a los Reyes Católicos. Después de varios intentos los soberanos acaban por aceptarlo, de tal manera que el 3 de agosto de 1492 zarpa hacia donde él cree que se encuentran las Indias Orientales. Tres embarcaciones constituían su reducida flota: la Santa María, mandada por Juan de la Cosa, y a bordo de la cual iba el almirante; la Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, y la Niña, cuyo jefe era Vicente Yáñez Pinzón, hermano de Martín. El 12 de octubre el grumete Rodrigo de Triana a bordo de la Pinta lanzaba el grito de “¡Tierra!”.


Por su experiencia y el ajustado presupuesto con el que contaba, Colón eligió para su viaje una nao, o galeón, la Santa María, que se destinaba a la carga y había sido construida en Galicia, de alrededor de 100 toneladas de capacidad; las otras, más pequeñas, eran de tan sólo 60 y 55 toneladas, respectivamente. La tripulación no rebasaba los 100 hombres: 40 en la Santa María y los otros 50 en las dos restantes. El escritor José Luis Martínez llama la atención sobre la modestia de estas embarcaciones y la audacia de sus hombres al hacer notar que, por ejemplo, embarcaciones modernas como el France es de 70 mil toneladas y el Queen Elizabeth de 83 673 toneladas.