Espacio sagrado y espacio profano

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La ciudad de México-Tenochtitlan se encontraba dividida en dos grandes áreas: una, diferenciada claramente del conjunto de la población, donde se encontraban los adoratorios dedicados a sus dioses, entre los que sobresalía el Templo Mayor. Dicho espacio sagrado, delimitado escrupulosamente por un amplio rectángulo, se hallaba rodeado por otro gran ámbito: el espacio profano. Éste era el que la población ocupaba para llevar a cabo sus actividades diarias: habitar, comer, trabajar.

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En el centro de la ciudad de México-Tenochtitlan se encontraba un vasto conjunto ceremonial; se trataba de un enorme rectángulo de cerca de 500 metros por lado, cercado por una barda donde se ubicaban hasta más de setenta templos dedicados a muy diversas deidades. La ciudad estaba presidida por el centro ceremonial y éste por el Templo Mayor: una gran pirámide con dos grandes escalinatas paralelas que se elevaban para culminar en dos adoratorios, uno dedicado a Huitzilopochtli, dios solar y de la guerra, y otro a Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad. Magno escenario donde se representaban los mitos en fastuosas ceremonias a las que asistía toda la comunidad; se trataba de un espacio exclusivo dedicado a los ritos que recreaban sus orígenes legendarios.


La pirámide, en clara alusión al trayecto solar, se orientaba de oriente a poniente dando la pauta para la disposición de cuatro grandes entradas al centro ceremonial orientadas según los rumbos cardinales. De ahí partían las principales calzadas que comunicaban la isla con tierra firme. Por extensión, con estos ejes urbanos la totalidad de la ciudad quedaba igualmente orientada. A partir de esta distribución, la ciudad se dividía en cuatro campan o parcialidades, y eran éstas —un territorio claramente separado del espacio sagrado— las que constituían el ámbito donde se desarrollaban las actividades diarias de la población: ahí se habitaba, se comía, se trabajaba. 


Finalmente estaban los calpulli o barrios, las secciones más pequeñas en las que se dividían los campan. Éstos componían la base territorial de la ciudad y eran el fundamento de las relaciones comunitarias entre sus habitantes; por medio de los barrios se pagaba el tributo a los señores, se distribuían las tareas colectivas y se repartían las tierras. En la ciudad había cerca de 80 calpullis distribuidos a todo lo largo y ancho de su extensión. 


El calpulli era el propietario de la tierra y sólo en cuanto miembro del barrio se tenía derecho a poseerla. Estos derechos se perdían si dejaban de habitarlas o cultivarlas; si éste era el caso, la parcela volvía a manos del barrio. Otra de las prerrogativas que tenían sus miembros era la de heredar a los hijos sus parcelas. 


El barrio contaba con un discreto aparato organizativo cuya máxima autoridad estaba formada por un consejo de ancianos responsable de distribuir la tierra. Además, este consejo era el encargado de recolectar el tributo al cual estaba obligado el conjunto del barrio. A estas actividades se sumaban la de organizar los contingentes necesarios para intervenir en las campañas militares encabezadas por su Tlatoani 


El calpulli era una unidad que igualmente integraba la vida social y religiosa de la comunidad. Cada barrio contaba con sus divinidades particulares y muchos de ellos tenían una pequeña escuela que servía lo mismo para la enseñanza religiosa que para inculcar los rudimentos elementales para enfrentar la vida en el trabajo.