El Palacio Nacional (1910-1915)

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Las obras de restauración y embellecimiento del Palacio Nacional que se iniciaron durante la última década del siglo XIX y que continuaron en la primera del siguiente siglo para servir de fastuoso marco a los festejos del centenario de la Independencia, se vieron abruptamente interrumpidas por el derrocamiento del general Porfirio Díaz. Durante los gobiernos de Francisco I. Madero, Victoriano Huerta y Venustiano Carranza se remozaron y redecoraron algunos salones presidenciales. Muchas de estas obras se hicieron ex profeso para eventos presidenciales y desaparecieron sin dejar ningún rastro arquitectónico.

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Durante el gobierno de Porfirio Díaz, el Palacio Nacional empezó a valorarse como un bien patrimonial histórico y cultural de México. Por ello se planteó la necesidad de restaurarlo y embellecerlo conforme a los estilos arquitectónicos en boga. Por añadidura, la proximidad de los festejos del centenario de la Independencia dio cauce a proyectos arquitectónicos ambiciosos, y como tal costosos.

 

Para uno de estos proyectos, en 1909 Porfirio Díaz encomendó al arquitecto Ángel Bacchini la reforma total de la fachada de Palacio. Según el Secretario de Hacienda, José Ives Limantour, lo más adecuado era que se siguiera el estilo de la fachada del nuevo edificio de Correos, mezcla de renacimiento italiano y gótico isabelino. Así, el proyecto de la fachada era una copia del edificio de Correos, pero se eliminaba la galería de la parte alta y se proyectaba un torreón para el reloj y la campana de independencia. Sin embargo, la restauración no se llevó a cabo debido a los acontecimientos que desembocaron en la renuncia del presidente Díaz. No obstante, los festejos del centenario obligaron a que se hiciera alguna modificación de menor importancia en la fachada: ésta se pintó de color rosa, imitando un almohadillado de cantera estilo italiano.

 

Cuando Madero ocupó la presidencia en octubre de 1911 se ordenó decorar los salones Rojo y Blanco, actualmente desaparecidos. Estas obras concluyeron en diciembre de 1912.  El Salón Rojo constaba de un cielo raso de metal, un platón de yeso con figuras realzadas y escudos pintados al óleo en color marfil, un lambrín y chambranas de madera rosa tallada y un piso de parquet.

 

Durante el gobierno de Victoriano Huerta se pavimentaron con asfalto los patios de la antigua sección de artillería del Ministerio de Guerra y se renovó por completo el Patio de Honor. El Salón de Embajadores —actual salón de recepciones— fue remozado completamente: se cambió el papel tapiz de los muros y se barnizó el lambrín de madera. Se construyó un departamento junto al Senado y se reamueblaron el Salón de Consejos, la sala de descanso y la biblioteca. En agosto de 1913 se celebró un contrato privado para decorar el Salón Azul; sin embargo, como este salón no se conservó no se sabe con certeza cuál pudo haber sido su ubicación.

 

Tras la renuncia de Huerta y al asumir la presidencia Venustiano Carranza, los pavimentos de los corredores de los patios de Honor, Hacienda y principal fueron sustituidos por losas grises y en los pasillos que los comunicaban se colocaron rejas de hierro. Al Jardín de la Emperatriz se le colocó un invernadero de hierro y se talló nuevamente la cantería de los pilares y de los arcos de los patios. Los salones de la Presidencia se retapizaron de diferentes colores: de morado, la sala de ayudantes de guardia; de verde, la sala de audiencias, y de azul, el salón de audiencias.

 

En 1916, aun bajo la presidencia de Venustiano Carranza, un grupo de funcionarios públicos observó que el Salón de Embajadores había sufrido desperfectos en su cubierta debido a que ésta era muy antigua y estaba formada por piezas de dimensiones toscas y desiguales. Al analizar con más detalle se concluyó que el empleo de ciertos materiales que desde 1895 se usaron para las obras de la cubierta, y el subsuelo fangoso habían dado inestabilidad a las antiguas estructuras coloniales. Por lo tanto se propuso el cambio de toda la cubierta del salón, proyecto que no llegó a realizarse debido a la falta de recursos y a la intranquilidad que reinaba en el país.