La Decena Trágica

Imprimir

Los habitantes de la Ciudad de México padecieron diez días de terror y muerte por el cuartelazo de febrero de 1913 contra el gobierno de Francisco I. Madero. Al frustrado intento de los rebeldes de tomar Palacio Nacional, siguieron nueve días de fuego intenso  entre éstos y las fuerzas federales. Los ciudadanos pasaron del azoro a la desolación. En las calles yacían cientos de cadáveres de soldados y civiles, víctimas de la macabra farsa montada por el general Victoriano Huerta, quien había pasado de jefe militar de la plaza a esbirro del presidente.

01aa

La mañana del domingo 9 de febrero de 1913 los habitantes de la Ciudad de México despertaron con el ruido de una cuadrilla de caballos que marchaba a galope. Cientos de soldados habían llegado a la prisión militar de Santiago Tlatelolco para liberar al general Bernardo Reyes, quien hacía más de un año permanecía retenido en ésta tras su frustrada rebelión contra el gobierno de Francisco I. Madero. Los custodios no ofrecieron resistencia y el general salió al momento, dejando tras de sí un motín de presos que causaría un centenar de muertes y un incendio en el edificio.

 

Los ciudadanos que presenciaron los hechos vieron también cómo la columna de soldados se alejaba rumbo al oriente de la ciudad. Las tropas se pertrecharon en las inmediaciones de la prisión de Lecumberri para exigir la liberación del general Félix Díaz, quien como su colega también se había levantado contra el gobierno en octubre y había sido encarcelado por la misma causa. El director del penal quiso resistir, pero ante la diferencia abrumadora del número de efectivos rivales entregó ipso facto al detenido.

 

Al tiempo que esto sucedía, trescientos aspirantes de la Escuela Militar y parte del Primer Regimiento de Caballería tomaron por asalto Palacio Nacional. Entre las muchas personas que azoradas vieron desde la Plaza del “Zócalo” el arribo de las fuerzas rebeldes estaba Gustavo Madero, hermano del presidente, quien había llegado a este punto intrigado por lo que allí se fraguaba. Al ser reconocido por los insurrectos, fue aprehendido y conducido a Palacio. De inmediato el general Lauro Villar, jefe militar de la plaza, agrupó algunas fuerzas leales y recuperó el edificio. Luego de ser arrestados los rebeldes y liberados Gustavo y el ministro de Guerra —detenido también en la reyerta—, batallones federales se apostaron en la azotea y enfrente del Palacio Nacional para repeler el ataque enemigo.

 

Las calles aledañas a la Plaza habían sido ocupadas por las tropas que comandaban los generales Reyes, Díaz y Gregorio Ruiz. Este último, al aproximarse a la puerta central del Palacio, que creía bajo el control de sus aliados, fue sometido pistola en mano y obligado a rendirse. Enseguida, Bernardo Reyes, al frente de una columna, se perfiló hacía el macizo edificio decidido a romper la defensa. El general Villar ordenó abrir fuego contra el líder rebelde tras pedirle su rendición. Reyes quedó tendido muerto sobre la Plaza.

 

Siguió un intenso combate entre las fuerzas federales atrincheradas en Palacio Nacional y las rebeldes situadas en calles, portales y edificios alrededor del Zócalo. Transcurridos diez minutos cesó el fuego. Cientos de civiles murieron y muchos más cayeron heridos. Félix Díaz tocó retirada y marchó con sus tropas a la Ciudadela, donde se refugiaron y más tarde organizarían una defensa militar en complicidad con el general Victoriano Huerta, quien había sustituido al general Villar herido en la batalla inicial. De modo que siguieron nueve largos días, en los que Huerta fingió una ofensiva militar contra los rebeldes para debilitar a las fuerzas del gobierno.

 

Fueron días trágicos para las fuerzas leales. Al tiempo que éstas eran entregadas como carne de cañón a sus enemigos, las tropas adictas a Huerta tomaban el control de la situación. A los pocos días de haberse iniciado los bombardeos entre ambos bandos, la ciudad fue declarada en estado de sitio. En medio de la estrepitosa lluvia de fuego de cañones, ametralladoras y fusiles, cientos de personas inocentes perdieron la vida y las calles de la ciudad adquirieron un aspecto fantasmal.

 

A los diez días de iniciado el cuartelazo, los generales insurrectos, junto con políticos antimaderistas y el embajador norteamericano Henry Lane Wilson, acordaron la aprehensión del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez y exigirles su renuncia. Tres días después los dos hombres fueron asesinados.