El Palacio Virreinal en el siglo XVIII

Imprimir
Puede considerarse al siglo XVIII mexicano como el periodo más largo y más constante de restauración y edificación arquitectónica del Real Palacio o Virreinal, pues luego del incendio de 1692 que dejó en franca ruina al edificio, las distintas administraciones caminaron en la reconstrucción a lo largo de aquella centuria. Sin duda alguna, el aspecto general externo e interno que hoy presenta se debe fundamentalmente a la participación decidida, urbanista y moderna del ilustrado Segundo Conde de Revillagigedo. Patios, salas, áreas, alumbrado, limpieza y el Jardín Botánico son una clara muestra de su intervención.

01aa

Parte de la historia del Palacio Nacional la ocupa sin duda el recuento de construcciones y reconstrucciones que ha sufrido su arquitectura a lo largo del tiempo, en buena medida porque sus cimientos se encuentran sobre una zona originalmente lacustre, así como por los movimientos telúricos que eventualmente han azotado y azotan al Valle de México, sin soslayar los eventos extraordinarios.

 

Al inicio del siglo XVIII, las autoridades virreinales tuvieron que afrontar la gran empresa de reconstruir prácticamente en su totalidad el Real Palacio o Virreinal, debido a que en 1692 fue severamente dañado por un incendio provocado por el levantamiento de indígenas en protesta por el desabasto de granos. Aquella centuria fue una época más de reconstrucción que de construcción en buena parte del edificio, incluyendo los espacios que ocupaban las salas de la Real Audiencia, de lo civil y criminal, cárcel, tribunal de cuentas, juzgado general de bienes de difuntos, oficios de escribanos de cámara, contadurías de tributos y alcabalas, corredores, almacenes de bulas y azogue con los que contaba, pues al inicio de ese siglo la mayor parte de ellos se encontraban en ruinas y amenazaban con la caída en varias zonas poniendo en peligro la vida de sus habitantes.

 

Hubo un total apoyo por parte de la Corona para las obras a través de las aportaciones extraordinarias que hiciera la Real Hacienda, con los sobrantes de distintos impuestos, y por supuesto con la ayuda decidida de los diferentes virreyes. Sin embargo, esta empresa arquitectónica fue sumamente costosa y muy larga, y su etapa final se reflejó en la administración del Segundo Conde de Revillagigedo. Las distintas administraciones apoyaron con recursos esta magna obra, etapas que fueron severamente encarecidas por los movimientos telúricos que se presentaban, como el de septiembre de 1711, y que la prolongaron aún más; sin embargo, el aspecto general de aquella nueva construcción se conserva hasta el día de hoy: corredores, nuevas salas, azoteas, arquería, patios, ventanas, capilla, almacenes, viviendas, cárcel real, cuarteles, caballerizas, entre otros, que luego de la independencia, adquirieron nuevas funciones.

 

Durante la gestión del Primer Conde de Revillagigedo, hacia la mitad del siglo XVIII, se invirtieron varios miles de pesos en la reparación y adaptación de algunas áreas como los cuarteles y las habitaciones virreinales, pues a pesar de que la apariencia general había cambiado luego del incendio de 1692, todavía había mucho que hacer en el interior.

 

Durante la segunda mitad del siglo XVIII el Real Palacio de México resintió la administración despótica ilustrada de los Borbones, que se reflejaba en las contribuciones de las dependencias que albergaba el edificio. Durante esta época éste se saturó de obras arquitectónicas en buena medida por la gran población que contenía.

 

Sin duda alguna fue durante la administración del Segundo Conde de Revillagigedo cuando, con una proyección mucho más urbanista e ilustrada, el Palacio obtuvo una fisonomía más acabada. A él se debieron la limpieza y el alumbrado moderno de aquella época; la disposición arquitectónica del área dispuesta para habitación de los virreyes también quedó concluida durante esta administración, así como los patios, las caballerizas, un espacio para un archivo, con el tiempo el nacional, y el bello Jardín Botánico, lugar de esparcimiento y estudio de gran relevancia. La Ciudad de México fue entonces considerada “La ciudad de los palacios”.