El segundo Conde de Revillagigedo

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Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas, segundo Conde de Revillagigedo, fue uno de los mejores virreyes de la Nueva España. Gobernó de 1879 a 1894, y ordenó, embelleció e innovó ese gran virreinato. En su tiempo se hizo obra pública de gran trascendencia, como la limpieza, la seguridad y el ordenamiento de la Ciudad de México, por lo que se la conoció como “La ciudad de los palacios”, misma que sirvió de modelo al resto del virreinato. Llevó a cabo una gran recaudación fiscal. Con severidad y eficacia trató la administración pública, y echó los cimientos del Archivo General de la Nacional con los documentos que de ella se desprendieron. Fue autor del primer censo preciso de la época virreinal.

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Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas nació en La Habana, Cuba, en 1740, y falleció en Madrid, España, en 1799. Fue hijo de Juan Francisco de Güemes y Horcasitas y virrey de Nueva España. A pesar de la brevedad de su periodo gubernamental (1789-1794), sin duda alguna fue uno de los mejores virreyes. Como hombre ilustrado de su tiempo, lo caracterizó un espíritu renovador que supo reflejar en su marcha emprendedora, urbanista y administrativa, y que sin duda alguna le imprimió a la Nueva España un gran esplendor a fines del siglo XVII.

 

Llevó a cabo una gran obra de urbanismo en distintos edificios públicos del virreinato, comenzando con la Ciudad de México, a la que, durante este gobierno, se conoció como “La ciudad de los palacios”. Con él se concluyó la Catedral Metropolitana, tanto las fachadas como sus dos torres, que estuvieron a cargo del arquitecto José Damián Ortiz de Castro. Dentro del Palacio Virreinal igualmente existen obras que aún hoy se pueden admirar, como la fachada oriente, la más antigua, y que formó parte del edificio anexo de la Casa de Moneda.

 

Impulsó la renovación del Jardín de Palacio, donde la Universidad realizaba sus estudios de botánica. Hizo traer y aclimatar plantas de diversas regiones del virreinato, de las cuales enviaba muestras a España para dar a conocer la flora de estos lugares. Al respecto creó una ordenanza y una cátedra de botánica en el mismo Palacio Virreinal.

 

Limpió los corredores del interior del Palacio así como su escalera monumental, que a decir de algunos escritores se encontraban en un estado lamentable de olvido y suciedad, pues servían de bodegas para las mercancías de los distintos comerciantes ubicados en la plaza central. También dotó al Palacio de alumbrado y seguridad.

 

Su obra no se limitó a este espacio de poder, sino que se extendió a la Ciudad de México que se mostraba sucia, maloliente y desordenada: introdujo desagüe y atarjeas en las calles principales, mismas que empedró; instaló el alumbrado y el servicio de recolección de basura; las casa fueron numeradas para tener un mejor control. Por cierto que en medio de la obra pública se localizaron dos piedras fundamentales para la historia prehispánica: la Coatlicue y el Calendario Azteca. Embelleció los paseos, plazas y alamedas; organizó la vialidad por medio de coches de alquiler y de un eficiente servicio policiaco, incluyendo el servicio de serenos en toda la ciudad. El modelo de la Ciudad de México sirvió para otras ciudades del interior. El camino de México-Veracruz fue beneficiado con obras innovadoras de ingeniería, que también con el tiempo se reprodujeron en el resto del virreinato.

 

Por otro lado, fue un excelente representante del despotismo ilustrado de los borbones, pues logró incrementar de manera notable la recaudación de impuestos, con los cuales también benefició a la misma Nueva España.

 

Como buen estadista organizó el servicio y la atención pública que proporcionaban los empleados del gobierno, e inició el ordenamiento de documentos públicos, con lo que dio origen al Archivo General de la Nación. También mandó crear un censo poblacional de gran utilidad, en el que se registró, además del número habitacional, la raza y la forma de vida.