Los imperios marítimos portugués y español

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Entre los siglos XV y XVI portugueses y españoles ampliaron sus dominios gracias a las empresas ultramarinas financiadas principalmente por sus monarcas. Mediante el Tratado de Tordesillas (1494) los dos imperios acordaron un reparto de las zonas de conquista del nuevo mundo. En consecuencia, ambos Estados se convirtieron en grandes potencias coloniales, sobre todo en América. Sin embargo, en el siglo XVII franceses y británicos arrebataron a España y Portugal la hegemonía que habían tenido en el hemisferio occidental.

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Al finalizar el siglo XV las flotas portuguesas y españolas comenzaron a surcar los  inmensos mares del Océano Atlántico hacia tierras ignotas. Un nuevo mundo se abrió ante la mirada de sus tripulantes, y sin ellos saberlo dio inicio una era de profundas transformaciones, no sólo para los europeos, sino también para los pueblos originarios de Asia, África y América. Cientos de hombres se embarcaron movidos por un espíritu de aventura; algunos deseosos de encontrar la ruta de los metales preciosos y las especies de Oriente; otros en busca de gloria y grandeza, y los no menos para llevar a los pueblos “salvajes” y “herejes” la fe en Cristo.

 

Aunque conducidas por hombres de apetitos propios, las empresas de ultramar estuvieron en mayor medida financiadas por el Estado. El príncipe Enrique, llamado “el Navegante”, recibió de parte de su hermano Eduardo I, rey de Portugal, el derecho a explorar las costas de África. Al cabo de pocos años, los navíos portugueses habían llegado a Río Senegal y Sierra Leona, llevando oro y nativos africanos que luego vendían como esclavos a compradores de toda Europa. A la muerte de Enrique, Bartolomé Díaz, Vasco da Gama, Alfonso de Albuquerque, entre otros capitanes, continuaron las exploraciones portuguesas a lo largo del litoral del continente africano en búsqueda de las fuentes del comercio de las especies y la propagación del cristianismo. La monarquía obtuvo de estas empresas sustanciales ganancias y en ellas basó su imperio.

 

Mientras las flotas mercantes portuguesas navegaban a través del Océano Índico en busca de las especies de las Indias, los españoles intentaban llegar al mismo destino a través del Atlántico. El navegante italiano Cristóbal Colón, convencido de que podía llegar a Asia por el oeste instó a la reina Isabel de España para financiar una expedición hacia su hipotética ruta. Con noventa hombres a bordo de tres carabelas, Colón se embarcó el 3 de agosto de 1492. Al cabo de dos infortunados meses en los que casi muere a manos de la tripulación llegó a las Bahamas, muy lejos del destino planeado, pero convencido de haber llegado a Asia informó de su hazaña a los reyes españoles.

 

Otros exploradores, sin embargo, pronto se percataron que el descubrimiento de Colón no era una ruta para las Indias, sino una nueva frontera. Uno de ellos, el florentino Américo Vespucio, fue enviado a esas tierras en 1499 por la corona española para cerciorarse de lo dicho por Colón. Luego de varios viajes, financiados ahora por el reino de Portugal, Vespucio escribió una serie de cartas que describían la geografía de aquellas tierras. No había duda, se trataba de un nuevo continente. Por este descubrimiento, el cartógrafo Martin Waldseemüller en su mapa de 1507 utilizó el nombre de América para honrar al navegante florentino.

 

Durante las dos primeras décadas del siglo XVI las expediciones ultramarinas portuguesas y españolas se intensificaron. Conforme al Tratado de Tordesillas de 1494, las tierras descubiertas o por descubrir al oriente de las islas de Cabo Verde y la saliente oriental de América del Sur, quedaban en posesión de Portugal, en tanto que las del occidente quedaban bajo el domino de España. En consecuencia, individuos audaces y dispuestos a invertir sus capitales obtuvieron la autorización de la corona de Castilla para explorar las tierras descubiertas por Colón. Vasco Núñez de Balboa atravesó en 1513 el istmo de Panamá y alcanzó el Océano Pacífico. Seis años después, Fernando de Magallanes descubrió un estrecho al extremo sur de América que lo condujo al Pacífico y luego a las Filipinas, en el sureste de Asia. En ese mismo año, Hernán Cortés desembarcó en las costas del Golfo de México y emprendió una campaña de conquista en México a nombre del corona española. En 1530, Francisco Pizarro, al frente de 180 hombres, entró en los dominios del imperio inca al oeste de América del Sur y al cabo de cinco años conquistaba un nuevo territorio para el imperio español.

 

Portugal y España se convirtieron en poderosas fuerzas coloniales en América; pero para el siglo XVII los franceses y británicos crearon sus propias colonias en Norteamérica, con lo que comenzó un desplazamiento de la hegemonía hispano-lusitana en el hemisferio occidental.